Aún recuerdo la época en que sólo había sellos engomados, que el usuario mojaba con la lengua para lograr que fueran adhesivos. Y una vez realizada esta operación, se pasaba un buen rato con una sensación desagradable en la boca, porque la goma de los sellos de correos, como dice la frase popular, sabía a demonios.
En aquella época la popular revista 'Selecciones' nos volvía locos con sus campañas de venta, enviando sobre llenos de impresos y sellos que había que pegar en alguna cartulina para devolver después en su sobre correspondiente. Y me di cuenta de que la cola de sus sellos tenía un sorprendente y delicioso sabor a caramelo. Afortunadamente llegó el progreso y los de Correos ya nos ofrecen unos sellos que no necesitan de la lengua para cumplir su misión. Se arrancan, se pegan y asunto resuelto.
Y lo que digo de los sellos lo podemos decir también de los sobres. Con los sobres antiguos de solapa engomada, si no se tiene un abrecartas a mano hay que destrozarlos para poder sacar su contenido, lo cual siempre resulta una operación engorrosa.
Pero el progreso que no sólo se preocupa de lo importante sino que llega también hasta los menores detalles, vino en nuestra ayuda inventando la apertura fácil que permite abrir un sobre sin romperlo ni mancharlo, y afortunadamente todas las entidades que me envían cartas, han adoptado ya este cómodo sistema.
Perdón, he dicho todas, pero no es cierto. Debiera decir todas menos una, porque Telefónica continúa enviándome sobre engomados y tengo que destrozarlos para sacar lo que hay dentro. Resulta curioso que una empresa que funciona con los más avanzados adelantos de la técnica siga enviándome cartas con los mismo sobres que usaba mi abuela cuando era joven.




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