
Por Artebakarra, el viento se ciñe bien a las siluetas de Castroviejo, Sesma, Uribarri, De Lis, Olano, Romero, Mínguez, Nieve, Martín, Eladio Sánchez, Melero y Ruiz de Erentxun. Arriba hay un atasco de nubes. Gris. Abajo, el equipo azul cruza Mungia hacia Gerekiz. Hay obras. «Bajad con cuidado», avisa Galdeano. «Ése es Eladio. Tiene una increíble capacidad de sufrimiento. Es de los que se sobreentrena». Un duro. Cuentan que una mañana de invierno salió con su perro a correr a pie. Más de dos horas por el monte. Hasta que el can, agotado, se rindió. Eladio tuvo que bajar hasta su casa y volver con el coche a recuperar su mascota, aún jadeante, vacía.
En Arteaga arranca la primera 'serie'. Media hora. Con el pulso como referencia. «Sube piñón Eladio, que así suben las pulsaciones». Ruge Galdeano: «Melero, agarra abajo el manillar». Impone la aerodinámica. En el coche viaja también el mecánico Julen Urbano. Se ríe al ver a Castroviejo, el recién llegado al ciclismo profesional. «Tiene una fuerza...». Le llama 'Perico'. Como Delgado. «Es listo. Atrevido». Poderoso de piernas.
La ruta zigzaguea por la costa. Hasta Lekeitio. Más barro sobre el asfalto. Hay obras. Y tiempo para comer. «No tiréis los papeles al suelo», dicta Galdeano. Detalle ecológico. Junto a un tapete negro de pinos, vamos por Aulestia a Munitibar. A asomarnos al Balcón de Bizkaia. En la cuesta, Castroviejo arranca. «A 'Perico' ya no le cogen», pronostica Urbano. Eladio Sánchez viene rojo. «No te funciona el ventilador», bromea Galdeano. El puerto no es un exceso, pero el recorrido empieza a pesar. Y queda lo peor: la vuelta por Bakio y Bermeo. Tempestad.
A ratos repiquetea la lluvia. Más barritas energéticas. Que San Pelayo y Sollube esperan a la vuelta de la esquina. Dentro del coche del Orbea corren los 'donuts'. «Recuerdo que de chaval iba con mi tío a recoger las cajas de 'donuts' que estaban a punto de caducar y se las dábamos a los cerdos. ¿Los bichos se volvían locos!», cuenta Galdeano. Nada como el hambre para apreciar la comida. En Bakio, el aire barre la costa. La carretera cambia de grado. Hacia arriba. La ruta se vuelve lenta. El grupo azul embiste la cuesta. Como el oleaje, que arremete, que castiga. El pueblo y los ciclistas son zarandeados por la tormenta.
Batalla en Sollube
Castroviejo se guarece tras el coche del equipo. Como si nada. «Es 'perro', ja, ja», dice Urbano cuando le descubre a rebufo. San Pelayo tiene nombre guerrero. Es la guerra. Es un puerto de segunda. Cinco kilómetros coronados por un tobogán sobre San Juan de Gaztelugatxe. La roca está a punto de ser invadida por el Cantábrico. Lo nunca visto. Olas de barba blanca, rabiosas, que tumban los diques. En Bermeo, en la campa del cementerio, un helicóptero aguarda para trasladar a un herido. El Orbea desciende desplegado. Alado. Toma impulso para lo que falta: Sollube, uno de los mitos vizcaínos. Muchos dicen que ya no es lo que era. Pero aún duele. Es la parte ruda del itinerario. El final de la tormenta. Cinco kilómetros de ola.
Castroviejo y Nieve se adelantan. Melero y Mínguez, con su 'molinillo', les siguen mientras pueden. Hace tiempo que el ciclismo se corre de oídas. Nieve lleva auricular; Castroviejo, no. El joven vizcaíno va a tientas. Tira Nieve. Sollube muerde: hacen falta 23 dientes en el piñón. «Esto es Vietnam», se escucha en el grupo que viene por detrás. Galdeano, mientras, se entretiene al volante de la ruta. Coge el micrófono y habla con Nieve: «Párate, como si no pudieras más, que Castroviejo crea que te has fundido. A ver qué hace». El navarro obedece. Se abre. Castroviejo duda. Se balancea sobre su tremendo tren inferior. «Nieve, arranca ahora». Dicho y hecho. Nieve se va. 'Perico' Castroviejo sigue a lo suyo. En la cima lo explica: «No me van las arrancadas. Soy de ritmo». Ríe. Arriba hay bromas. Llegan de una en una, como los ciclistas. Ya sólo queda colgarse el chubasquero y la vuelta a Derio. Por fin, con la tormenta a la espalda. De impulso. Vela azul.





