La cuestión es que expertos canadienses y norteamericanos llevaron a cabo una larga y exhaustiva investigación para concluir que siete minutos no es que sea lo ideal entre prisas y pausas en la cama pues siete minutos, aunque parezcan siete suspiros de nada, resultan ser una media 'satisfactoria' de la 'latencia eyaculatoria'. El 'late, late' carnal y erótico al que se dedicaron a evaluar los científicos no cuenta los prolegómenos, ni la seducción, ni la puesta a punto de los engranajes sexuales. Los expertos midieron el porcentaje medio de lo que se tarda entre penetración y eyaculación, sin contabilizar las lánguidas pautas antes del clímax, ni los dulces tiempos muertos de placer latente.
Analizaron a aquellos para los que el sexo es lánguida monotonía, a los otros para los que hacer el amor es tal que decía Jardiel Poncela, una «comedia de un solo acto: el sexual». También a otros que persiguen la parsimonia genital de un Nacho Vidal en monótona y dilatada 'latencia eyaculatoria' lo que inclina a pensar ilusoriamente que la coyunda puede estirarse como un chicle. Los datos objetivos no mienten y los buenos ratos duran lo que duran, por eso han creído necesario cronometrar el 'salto del tigre'. Y fijar una medida de tiempo para el pasatiempo más atemporal de todos los tiempos.






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