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05.04.08 -

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Uno de los reproches más severos que lanzaban antiguamente los maestros a sus alumnos díscolos -hoy los llamarían «disruptores» en la jerga del ramo- era el de calentar el asiento. Es decir, el de haber ocupado un pupitre al que otros sabrían sacar más provecho si hubieran tenido la oportunidad de estar en su lugar. Porque ir a clase era un privilegio, como lo era aprender de los buenos profesores o tener acceso a libros vedados para muchos. El solo hecho de aprender ya suponía un premio, igual que las buenas notas representaban la recompensa máxima del talento bien empleado. Nadie podía pensar que llegaría un día en que al estudiante se le retribuyera por asistir a clase, y que la cuantía de ese premio aumentase según los resultados de sus exámenes. Es lo que empiezan a hacer algunos centros escolares estadounidenses, entre ellos los vinculados a la fundación Rockefeller, como no podría ser de otro modo tratándose de ese apellido. Al parecer estas escuelas han probado todos los sistemas pedagógicos, todos los métodos de enseñanza, todas las teorías y las prácticas en materia de motivación, y ninguna de ellas ha dado resultado. He comentado el caso con algunas personas conocidas, bastantes de ellas cultas y sobradamente instruidas, y para mi sorpresa descubro que a bastantes les parece una buena idea. La cultura del esfuerzo ha desaparecido, resígnate, me dicen. ¿Qué tiene de malo ofrecer nuevos estímulos a unos muchachos que ya no encuentran aliciente alguno en las aulas?, agregan. Me temo que algo se ha vuelto del revés. Si admitimos el pago al aprendiz para revalorizar el aprendizaje, es que no sólo hemos dejado de confiar en los estudiantes, sino que tampoco creemos en la enseñanza misma. Carece de toda lógica invertir ingentes cantidades de dinero en escuelas, profesores, reformas e investigaciones destinadas a unas personas que más tarde tendrán que ser retribuidas por recibir ese beneficio. No sé qué sucedería si, con planteamientos también crematísticos, alguien propusiera cobrar a los alumnos que no alcanzasen el aprobado el coste real de su atención educativa. Seguramente lo consideraríamos un factor de discriminación inaceptable en nuestra benevolente sociedad del bienestar. Estudiar requiere sacrificio, empeño y tesón, ciertamente. Todos guardamos en nuestra memoria la imagen de profesores insoportables y asignaturas idénticas a un potro de tortura. Pero el suplicio no provenía del estudio en sí, sino de sus malos agentes. La iniciativa de la fundación Rockefeller no hace sino corroborar la imagen espinosa y aburrida del estudio que ya se ha extendido sin remedio por todos los rincones de nuestro opulento Occidente: ese mundo donde se cobra por estudiar y se paga con gusto por ser intoxicado con peores narcóticos.
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