La historia conecta con esta línea: el hallazgo del cadáver incorrupto de un general de Napoleón lleva a una arqueóloga a verse envuelta en una intriga cuyo eje es, precisamente la lanza. Por desgracia, el relato televisivo no apura el argumento tradicional, sino que salta alocadamente a los sucesivos desbordamientos 'new age' que el tema ha conocido desde los pasados años setenta, terminando en una atmósfera a mitad de camino entre 'El código da Vinci' y las malas imitaciones de James Bond. Para cualquiera que ame la gran cultura europea, asistir a estos espectáculos resulta profundamente decepcionante. De entrada, es triste que una gente con tan enorme legado cultural a sus espaldas vaya a buscar emociones en esos supermercados del ocultismo, donde con tanta facilidad se pasa del misterio a la superchería. Después, es desolador que, una vez metidos en harinas esotéricas, el tratamiento de los asuntos sea tan plano, tan primario. Uno ve cosas como ésta y termina preguntándose por qué todos esos personajes matan y mueren por algo que, a fin de cuentas, no pasa de ser una varita mágica. El error está precisamente en reducir el rango del objeto codiciado a simple elemento mágico, carente de toda fuerza espiritual.







