
Los acontecimientos que se han producido esta semana en torno a la fallida moción de censura en el Ayuntamiento de Mondragón han logrado enfocar sobre sí la atención de la opinión pública vasca y española. Su gravedad lo merecía. Así lo reconoció implícitamente el propio partido que cometió la torpeza de hacer fracasar la iniciativa, al apresurarse a enmendarla, en la escasa medida de lo posible, con una rapidez inusitada en estos casos. Pero la rectificación, cuya sinceridad ha de esperar aún a verse verificada por el cumplimiento efectivo de las promesas que contiene, no ha logrado producir el efecto que más deseaba su autor, a saber, salirse del agobiante foco que la opinión pública había centrado sobre su comportamiento.
El PNV no entendió que la, ya de por sí, enorme torpeza de su actitud se había hecho todavía mayor por la contextualización, absolutamente falsaria y exculpatoria, con que trató de explicarla quien la cometió: Joseba Egibar. Por culpa de este último, lo que pudo haberse presentado como un acto cuya responsabilidad había de ser compartida con quienes se escudaron en el silencio -EA, Aralar y, sobre todo, EB- apareció ante la opinión pública como de autoría exclusiva del partido jeltzale.
Para entender en su justo contexto el despropósito de Mondragón es necesario remontarse a las últimas elecciones municipales. Algunos dijimos en aquel momento, y lo dejamos muy claro por escrito, que la presencia de la izquierda abertzale en los ayuntamientos iba a acarrear problemas que podrían tomar la forma del que ahora se ha planteado en Mondragón. Todos los partidos tenían que haberlos previsto, pero ninguno los previno. La experiencia de lo que había ya ocurrido tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997, cuando hubo que desbancar del gobierno del mismo municipio a la izquierda abertzale mediante una moción de censura conjunta, debería haberlos puesto sobre aviso. La única solución que cabía adoptar ahora, tras las elecciones municipales de 2007, consistía en impedir, mediante pactos preventivos, el acceso de las candidaturas de ANV a las alcaldías allí donde esta formación no hubiera alcanzado la mayoría absoluta. Los partidos no sólo no lo hicieron, sino que ni siquiera se lo plantearon.
Las razones fueron muchas y muy variadas. Los socialistas todavía estaban abducidos por la ilusoria posibilidad de retomar un proceso que se había ido al traste meses antes. El mismo tipo de abducción que había aconsejado a la Fiscalía General ser tan poco rigurosa en la persecución de las siglas de ANV. No convenía azuzar a la fiera. Los partidos del bloque nacionalista, por su parte, con Ezker Batua como añadido de conveniencia, resquemados como estaban por esas proscripciones de las candidaturas radicales, entendieron erróneamente que entrar en un pacto democrático de exclusión equivalía a bendecir a posteriori la proscripción. Confundieron legalidad con legitimidad.
En cuanto al caso particular de EA, EB y Aralar, no sólo se negaron a tomar parte en cualquier pacto de este tipo, sino que decidieron hacer otros, por así decirlo, de inclusión: llegaron a acuerdos con ANV en los municipios en que les fue posible con el fin de hacerse con las alcaldías de sus ayuntamientos y arrebatárselas al PNV. Éste, lejos de caer en la tentación de pagarles con la misma moneda, tuvo la gallardía de destituir, en Ondarroa y en Meñaka, a sus electos rebeldes y sustituirlos por sendas gestoras municipales. Todo un gesto de firmeza que también ha de tenerse en cuenta como parte del contexto.
La bomba política que esta semana ha hecho explosión en Mondragón llevaba, por tanto, un temporizador que había sido colocado por todos, sin tiempo preciso de activación, con ocasión de las alianzas que siguieron a las elecciones municipales. Pero le ha explotado en la cara sólo al PNV. A él le toca apechugar con los estragos. No le queda otro remedio que promover ahora los pactos que no se abordaron después del 27 de mayo del año pasado. Y mejor que lo haga más pronto que tarde, porque el campo municipal de Euskadi está sembrado de minas que pueden volver a explotarle en cualquier momento.
j.l.zubizarreta@diario-elcorreo.com







