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CRÓNICAS DE BILBAO Y DE VIZCAYA
Barro de California
A finales de los años veinte, la publicidad ya no era una exclusiva de productos para la salud. La belleza, el confort y los coches ocupaban un nada despreciable espacio
06.04.08 -

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Barro de California
DISTINCIÓN. Imponente modelo 'Buick' de finales de los años veinte. / EL CORREO
«¿Borrachos! El vicio de emborracharse puede ser curado en 8 días con los Polvos Lavid, sin que se aperciba el interesado, sin perjudicar su salud y una vez curado, es para siempre». Con contundencia, sin remilgos, así se anunciaban contra el alcoholismo los Polvos Lavid, un remedio tan eficaz que hacía desaparecer hasta el síndrome de abstinencia. Para qué ser un alcohólico anónimo con semejante producto. Además, el mismo fabricante ofrecía un remedio infalible contra la borrachera eventual. Era el Licor Lavid, que quitaba la 'torrija' de inmediato. Un brebaje tan indispensable en hoteles, casinos, bares y botiquines que hace pensar que ir 'bolinga' no era inhabitual por entonces.

Y es que, a finales de los años veinte, el disfrutar de la vida era importante, además de la salud, claro está, aspecto éste que mantenía aún cierto espacio privilegiado en las cada vez más amplias secciones de publicidad de la época. Intestinos, estómago, vesícula, vías respiratorias y partes bajas, se mantenían todavía en los primeros puestos del ranking de necesidades, perentorias la mayor parte de las veces, que la gente común tenía. Y claro, la publicidad lo aprovechaba para ofertar todo tipo de remedios, desde los milagrosos hasta los más humildes, pasando por los que a lo largo del tiempo habían demostrado su ya indiscutible eficacia.

Estómago artificial

Uno de los productos estrella, ampliamente conocido por el público era, cómo no, el Depurativo Richelet. Una maravilla de la ciencia que se presentaba como «el más poderoso y al propio tiempo el más completo rectificador de la sangre inventado por la ciencia moderna». En pocos días cerraba las úlceras, borraba para siempre las enfermedades de la piel, detenía en seco las manifestaciones de la arterioesclerosis y devolvía la elasticidad y la flexibilidad a las piernas que habían sido inválidas. No había dolor con el que no pudiera.

No menos importantes eran los problemas originados por los estados carenciales, origen de anemias y debilidades porque, como se decía, «una joven anémica no puede desposarse con la alegría y el optimismo que son las características de la mujer fuerte». Para ello, el mejor remedio eran los Hipofosfitos Salud, ideales para la debilidad, la clorosis y la inapetencia. Frente a los que nada o muy poco comían, estaban los que no se amilanaban ante una buena mesa. Una de las maravillas era el Estómago artificial, una especie de polvos del Dr. Kuntz con los que se prometía que podían digerirse hasta las piedras.

Con el mismo fin estaba el Jarabe Girolamo Pagliano, un depurativo de efectos rápidos y seguros que curaba las enfermedades del estómago, hígado e intestinos. Y cómo no, las partes bajas aún picaban y escocían demasiado por aquellos años. Un problema delicado que recibía un tratamiento discreto a través de los ya conocidos reclamos de Piel y secretas. Incluso, había quien, para esos problemas que se sufrían en silencio, publicaba su remedio personal. Era el caso de un sacerdote que se ofrecía a comunicar «gratuitamente a las personas que sufren hemorroides, el remedio con que se ha curado». Un auténtico gesto de solidaridad y empatía.

Pero no todo era la salud, ya no. Nadie dudaba de lo importante que era cuidarse por dentro, pero cada vez estaba más extendida la idea de que el aspecto era una cuestión relevante, tanto para las mujeres como para los hombres. Dentro de la variedad de productos destinados a la belleza no faltaban los depilatorios como el Maria Stuard que suprimía el vello de todo el cuerpo con un especial cuidado para los cutis delicados. Con el mismo fin se patrocinaba el Agua Dixor, la del estuche azul, que prometía la desaparición del vello en sólo tres minutos, «sin quemarlo, por absorción de la savia capilar».

Una vez libradas del antiestético vello, sobre todo de brazos, rostro y axilas, otra de las cosas a cuidar era la cara pues ya se veía como necesario resaltar con maquillaje la belleza natural de las féminas. «Señora: exija usted los coloretes y lápices Saint-Ange, de París», se anunciaba desde las páginas de los principales diarios bilbaínos. Otra de las cosas claras ya entonces era el horror a la arruga. Había que conservar la juventud y para ello se ofrecía el famoso Barro de California del que se decía que «sus propiedades radio-activas refuerzan y comprimen la epidermis hasta el punto de borrar las arrugas». Incluso, en todo aquel maremágnum de novedosos productos de belleza surgieron viejos conocidos como el Rimmel´s, con el que se aseguraban unos ojos atractivos. Ahora bien, sólo era Rimmel´s si el estuche era negro con estrellitas doradas.

'Cabriolet Coupé'

Tampoco los hombres se libraban de aquella incipiente batalla a favor de la belleza y la lozanía. Para ellos, se destinaban mensajes en los que se cuestionaba la vida misma. «Reflexione. El hombre más fuerte vive solamente unos millares de días. Ahorrará Vd. un año de su tiempo si se afeita con hojas Gillette». Con reclamos así quién iba a hacer caso de la hoja de afeitar Adonis que se presentaba como «la mejor hoja de afeitar bajo todos los puntos de vista: mejor acero, más cortante, suave y más económica», si no te facilitaba morir más tarde.

La prueba más clara de que la publicidad ya no sólo servía para responder a las necesidades de la gente, sino que ya empezaba a crearlas de una manera descarada era la enorme cantidad de anuncios destinados a la venta de coches. Y eso que eran muy pocos a los que se les podía empujar hacia semejante capricho. La variedad era amplia. Así, la casa 'Hudson-Essex' ofrecía modelos que iban desde las 8.250 pesetas que costaba un 'Faeton' hasta las 20.900 que era el precio de un siete plazas, el equivalente al obsesivo monovolumen de hoy en día.

Por su parte, 'Chevrolet' ofrecía modelos de gran calidad a unos precios más económicos. Su coche de cinco asientos salía por unas 5.980 pesetas, mientras que el más caro, el 'Cabriolet Coupé', ascendía a las 7.600 pesetas. Ahora bien, para categoría, «por su belleza de líneas, rapidez y seguridad», el 'Buick', «el coche predilecto en todas las esferas sociales» -esto era una solemne exageración casi ofensiva-, cuyo modelo más barato ascendía a unas 12.550 pesetas. Casi nada.
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