Bilbao se puso de moda con el Guggenheim, pero siempre mereció una visita. A mí Bilbao nunca me pareció una ciudad fea, pero para defender mi punto de vista, especialmente con foráneos, pero también con bilbaínos pesimistas, tenía que referirme a una belleza dura y áspera. Ahora nadie dice que Bilbao sea una ciudad fea. No lo es, nunca lo fue.
Nos gusta que los forasteros paseen por Bilbao, nos pregunten cosas y consideren que somos afortunados por vivir en una ciudad con muchos ingredientes, levantada por una pequeña burguesía laboriosa, como la mayor parte de las ciudades europeas de fuste, que se puede recorrer dando un paseo, demorándose en las plazas, los bares y las tiendas. Bilbao es el Museo Guggenheim y todo lo demás.
El dilema de los diversos agentes turísticos consiste en atreverse a confiar, de una vez, en que la ciudad merezca una estancia de varios días, y el dilema de los forasteros que nos visitan es decidir si les tendrá cuenta dormir en Bilbao. La ocupación hotelera no es óptima, pero, en cambio, siguen proyectándose nuevos hoteles. El articulista comprende la preocupación de los empresarios del gremio, pero no se la cree del todo. El dinero puede ir acompañado de los más diversos adjetivos, no siempre honorables, pero nunca es tonto. Al articulista le parece una excelente noticia que se levanten nuevos hoteles. Ésa sí que es una apuesta definitiva por el futuro de la ciudad, no sólo retórica o sentimental sino tangible como los edificios de diseño y los billetes de banco.




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