
-¿Cómo fueron aquellos años?
-Tengo un recuerdo fantástico del colegio. Parecíamos una familia. Profesoras y alumnas éramos como madres e hijas. Yo era muy inquieta, me llamaban 'rabo de lagartija', así que tenían que tener mano izquierda, y no se me olvida la ilusión que me hizo el día que me pusieron una medalla por portarme bien. Hay muchas anécdotas. Recuerdo que nos mandaban labores para casa y me las hacía mi ama. Yo le decía 'cose mal, que se va a notar', pero me ponían dieces.
-¿Qué le debe al colegio?
-Una formación en valores muy sólida, pero también muy abierta para la época. Ha ofrecido un modelo de educación que se ha ido adaptando a los cambios, y del que todas las generaciones que hemos pasado por el colegio tenemos un recuerdo muy grato.
-Llegó a dirigir la orquesta
-Y no sólo en el colegio. El día de mi primera comunión tocamos en el Arriaga delante del señor obispo.
-¿Conserva en la memoria a alguna de aquellas profesoras?
-Por supuesto. Por ejemplo, a la hermana Luisa María. Es una mujer fuera de serie que ha realizado una enorme labor en las misiones. Siempre decía que yo era su niña. Y yo confiaba en ella, se convirtió en mi religiosa de referencia.
-Recientemente, pudo reencontrarse con ella
-Las dos lloramos al vernos. Nos emocionamos mucho, porque tenemos un vínculo muy estrecho. Recuerdo que me decía que rezara para que la enviaran a las misiones, lo consiguió y ha hecho un trabajo encomiable en Bolivia.




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