
También se detiene en el ajuar como seña menesterosa, de bienestar o de opulencia. La damisela que vivía rebién aportaba en abundancia mantelerías y lencería de mucho lujo, además de buena dote. Como norma, nuestros ancestros se casaban con quien tenían más a mano y de parecido vivir. Lo dice el refrán: 'si quieres bien casar, con tu igual y en tu lugar'.
Además, se rememora en la muestra el cortejo -a las mujercitas en estado de merecer les gustaban los postales amorosas- y, aunque es archisabido, confirma sin dubitación que en décadas pretéritas la mujer no pintaba socialmente nada, más allá de su liliputiense gobierno doméstico.
María José Romero, comisaria de la exposición y acumuladora de todas las piezas exhibidas, ha realizado un notable acopio de trajes, zapatos, joyas y facturas con clara vocación etnográfica.
¿Qué se puede ver? Pues desde la imagen de boda (1912) de Inocencio Ruiz, fotógrafo de Lumbreras, a abanicos, pañuelos de ceremonia, una comunicación de casamiento entre primos carnales (Ortigosa, 1890), el coste detallado de una boda camerana en el arranque del siglo (57 pesetas), o libros con títulos panegiristas de la virtud dirigido a casaderas, como como 'La perfecta ama de casa' o 'De profesión, tus hijos'. Eran años de censura luterana.
De especial interés es la evolución de las bases jurídicas del matrimonio. Desde el modelo patriarcal, en el que la mujer pasaba de la tutela del padre a la del marido, a hoy, donde uno puede casarse hasta por lo penal.
La evolución del traje nupcial es pareja -nunca mejor dicho- a la evolución de la sociedad. Hasta los 60 no se generaliza el traje blanco para todas las clases sociales. Antaño, el blanco no era símbolo de pureza, sino de riqueza. Y eso que aún no había Pronovias.





