¿Qué es el mal de las 'vacas locas'? La Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB), que es como se llama en realidad, es una enfermedad que se desata entre cinco y quince años después de que uno haya ingerido tejidos animales infectados con priones. El prión es una proteína «perversa», según los especialistas, capaz de generar serios daños en el cerebro. A través de la alimentación, entra por el intestino, de donde pasa al aparato linfoide. Su objetivo es el sistema nervioso central, donde se generan cada vez más células de este tipo que viajan directamente al encéfalo y lo destruyen. Lo dejan como una esponja. Irremediablemente, mueren las neuronas.
Por algún motivo, el prión de las ovejas, llamado 'scrapie' y causante de la encefalopatía ovina, inocua para el hombre, pasó al ganado vacuno. La crisis del petróleo con que arrancó la década de los ochenta hizo el resto. Los productores ingleses modificaron el proceso de elaboración de harinas cárnicas para el consumo del ganado y comenzaron a utilizar desechos más baratos. Sin darse cuenta, habían dado el primer paso para facilitar que la enfermedad saltara a la especie humana. Así ocurrió.
El consumo de tejido nervioso, linfático, ganglios y vísceras de vacas contaminadas facilitó que la enfermedad pasara al ser humano, que ya antes sufría -y sufre- una patología casi idéntica, llamada de Creutzfeldt-Jakob. Se manifiesta de manera muy similar: depresión, temblores, ataxia... Pero se da en personas mayores, de más de 70 años. La diferencia con la variante humana de las 'vacas locas' es que ésta aparece en personas jóvenes, de 30 a 50 años, y que en su día consumieron productos infectados.
¿Se corresponde con el descrito el perfil de las dos nuevas víctimas españolas de la enfermedad? Exacto. Una de las personas fallecidas es una mujer de León de 40 años que murió el pasado 28 de diciembre. Vivió en Inglaterra durante un tiempo en el que, según se cree, comió carne contaminada. La otra es un hombre, también leonés, de 51 años, que consumía con frecuencia sesos de ternera. Murió el 7 de febrero. Los dos, según informó Sanidad, se infectaron antes de que comenzaran a aplicarse los controles que frenaron las crisis.
¿Cómo es posible que fallecieran hace ya unos meses y no se haya conocido la noticia hasta ayer? El diagnóstico de la enfermedad sólo puede hacerse mediante la práctica de una autopsia que determine su causa. El director general de Salud Pública de Castilla-León, José Javier Castrodeza, justificó ayer esta demora por la existencia de un registro nacional único sobre la enfermedad, que lo lleva el Instituto de Salud Carlos III, dependiente del Ministerio de Sanidad. La información no fue colgada hasta ayer en la página web de la institución.
Un año tras los síntomas
Pero, ¿por qué aparecen ahora víctimas de una dolencia controlada? La enfermedad tarda en desarrollarse hasta quince años y hay autores que hablan de veinte. Luego aparecen los síntomas. El afectado se cae al suelo, no controla los movimientos, sufre depresión, su rostro adopta expresiones de pánico. Un año después llega la muerte.
Más de 200 casos se han registrado en el mundo de la variante humana del mal de las vacas locas. En España, de momento, son solo tres. ¿Podría haber más? Los expertos están convencidos de que los controles sanitarios que se practican a la cabaña bovina desde que se descubrieron las causas que desencadenan la enfermedad permitieron contener su avance. Las muertes que se están registrando ahora corresponden a personas que se contaminaron antes del año 2000, cuando se pusieran en práctica las medidas correctoras para frenar el problema. «Podría darse algún caso esporádico más, que no originaría un problema de salud pública», dijo ayer el director de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, Manuel Añorbe.
«No hay razón para la alarma social», recalcaron numerosos especialistas. Ahora bien, también es posible que en adelante aparezcan víctimas de otras de las tres formas que tiene la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob en las personas, que no deben confundirse. La denominada 'variante', descrita en 1996 a partir de la crisis británica, se ha unido a las llamadas 'esporádica', 'familiar', e 'iatrogénica', vinculada a la hormona del crecimiento. Es decir, continuará.








