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En la muerte de Charlton Heston
09.04.08 -

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La infancia viaja con nosotros durante toda nuestra vida, lo queramos o no. La muerte de Charlton Heston me ha golpeado con un inesperado e intenso ataque de melancolía. ¿Por qué, si mi imagen del actor estaba perdida en el olvido, cuando no directamente desprestigiada?

Creo que últimamente el mítico actor, debido a sus apariciones públicas como presidente de la Asociación Nacional del Rifle, no le caía simpático a nadie: ¿El Cid convertido en mezquino anciano ultraderechista! ¿Mayor Dundee hecho lacayo de los fabricantes de armas! Qué lamentable, qué penoso y patético, qué decepcionante La serena opinión al respecto de otro grande del Hollywood clásico, el liberal Gregory Peck, afirmando que su viejo amigo Heston no era en realidad partidario del rifle, sino que simplemente interpretaba ese papel, no venía a mejorar las cosas. Al contrario, las empeoraba: todavía peor que ser de extrema derecha resulta no serlo, pero fingirlo por dinero o notoriedad. Además, prácticamente en los últimos cuarenta años Heston no había interpretado ninguna película memorable, escorando desde 1970 su filmografía hacia lo comercial sin calidad, con trabajos como 'Terremoto', 'Aeropuerto' II y III (¿ni siquiera la primera!), etcétera. ¿Por qué entonces mi melancolía?, llevo preguntándome desde que conocí la noticia.

Y dándole vueltas a la cuestión acabo por llegar a mi infancia, cuando no había mayor premio que ir al cine, y en la cartelera no podía darse aval mejor para una película que el hecho de que la protagonizara Charlton Heston: 'Ben-Hur', '55 días en Pekín', 'Mayor Dundee', 'El planeta de los simios', 'El más valiente entre mil' fueron hitos del mundo de los sueños, aprendizajes irreemplazables, compañeros de viaje que todavía hoy cuentan.

Así que sólo por eso redimo al Charlton Heston real, ese que alzaba el rifle para invitar a los niños norteamericanos a aprender a manejarlo, y me quedo con su imagen de ficción más emblemática: 'El Cid' cabalgando hacia el ocaso tras ganar su última batalla después de muerto, en el plano final de la magnífica película de Anthony Mann.

Seguramente, una hermosa metáfora del destino de todos los narradores de historias que, tras morir, permanecen en el corazón de aquéllos a quienes supieron seducir con sus aventuras.
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