El 6% de los vecinos de Bilbao son extranjeros. Más de 22.000 personas, el doble que hace cuatro años. Bien, no son muchos: estamos por debajo de la media nacional. Aún así, cada vez se escuchan más reproches teñidos de alarmismo: los extranjeros delinquen, crean guetos y acaparan las ayudas sociales. Ante esas voces, es necesario volver la cara con cierto desprecio. Se trata de un rumor tan viejo como el mundo: un reguero de catastrofismo, mezquindad y miedo que resulta altamente combustible.
La inmigración no es una invasión bárbara dispuesta a terminar con nuestro modo de vida, pero tampoco una jubilosa feria de la multiculturalidad, con sus músicas étnicas, sus rarezas gastronómicas y sus previsibles sabidurías ancestrales. Se trata de un fenómeno poderoso, inevitable y complejo al que debemos enfrentarnos con serenidad, teniendo siempre presente que las puertas deben estar abiertas para quien desee venir a labrarse un futuro entre nosotros. Su esfuerzo contribuirá a nuestra prosperidad y quién sabe si su mirada logrará ensanchar un poco la nuestra.
Los nuevos bilbaínos acaban de llegar a Bilbao. Sus hijos estudian y crecen aquí. Con un poco de suerte, también jugarán en el Athletic. Da la sensación de que todavía no es tarde para hacer las cosas bien. Como dice la antropóloga Judith Goode -quien, por cierto, ha desmontado con brillantez la carga de folclórica condescendencia que se esconde tras el término 'multiculturalidad'-, estamos a tiempo de no repetir los errores que se han cometido en otros lugares del mundo. Iniciativas como las jornadas organizadas por AlhóndigaBilbao deberían servir para planear con audacia nuestra respuesta al fenómeno de la inmigración. Se trata de una prioridad política: un problema real, tangible. Para variar, un asunto verdaderamente importante.




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