Pero como una ola se alzan los científicos para despejarnos el velo del pudor lírico-erótico y del rico mantón romántico. Que no, afirman los sabios -pese a que ellos mismos habrán hecho mil sandeces sin sentido ni razón por amor-, quitemos la poesía, nos dicen, abrid los ojos: no se elige a la pareja en función de criterios poéticos. Optamos prosaica e inconscientemente por aquel o aquella que es «compatible genéticamente». Un flechazo se produce en función de los olores, de feromonas, de los tonos de la voz, de pestañas más o menos rizadas, de relaciones matemáticas entre los centímetros de la cintura, ancho de cadera, volumen mamario, amplitud de muslo, longitud de piernas...
Cuando una mujer cree desmoronarse ante la mirada de un tipo determinado es ella la que le ha descubierto al varón que han sonado los 'marcadores sexuales' y él se siente por ello un macho prometedor capaz y decidido a asegurar la supervivencia de los genes. Que el amor se trata al fin y al cabo de física y química y en el gen está el punto G. Tanto es así que igual que el amor es popularmente dibujado como una cadena, una cadena de amor consentida, la ilustración de la cadena del ADN es una espiral encadenada que está embriagando apasionadamente a las Ciencias. Demostrarán que los nuestro es sólo genética, amor.






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