
Traje de chaqueta negro, blusa con estampado de pata de gallo en blanco y negro, la estampa de la intérprete era la de una mujer de alivio de luto tras nueve días de duelo mediático que se ha cebado sobre su vida, la de su hermana, la desaparecida actriz Emma Penella, y la personalidad del padre de ambas.
«Sí, me dormí y ya está, en paz y tolerancia», manifestó ante las imágenes difundidas. Lleva muchos años paseando por la madrileña Plaza de Santa Ana, donde se tomaron las instantáneas; es su barrio, y conoce al tal Manuel, que vive entre cartones, «que es lo que debería preocupar». Tuvo que explicar que no es ninguna indigente. «Hay quien se va a un jacuzzi a relajarse y yo tengo un tirón con ciertas personas. No ofendo a nadie», relató. «Y no pido limosna. Si necesito dinero, no tengo más que agarrar el teléfono».
La intérprete bilbaína ha participado en películas de referencia del cine español, como 'Los santos inocentes', de Mario Camus, 'El aire de un crimen', de Antonio Isasi, 'La Celestina', de Gerardo Vera, 'Réquiem por un campesino español', de Francesc Botriu, y, más recientemente, 'El día de la bestia', 'La comunidad' o '800 balas', de Alex de la Iglesia, entre una extensa filmografía. En televisión se la recuerda por su papel en 'Cañas y barro'; ha sido la madre de Imanol Arias en 'Cuéntame', y fue la última mujer en ser ajusticiada por garrote vil en 'El caso de las envenenadas de Valencia', un episodio de 'La huella del crimen'. En teatro permaneció ocho meses en cartel con 'La casa de las chivas'.
La nube de reporteros y fotógrafos se arremolinó en torno a la actriz y el ansia de preguntas se prolongó durante más de una hora. Allí estaban representados todos los magazines de la televisión. Por dos veces le preguntaron si tenía problemas con el alcohol. «No tengo problemas, bebo a veces y no bebo», zanjó.
Su hijo pedía turno en ocasiones para matizar que se ha ido demasiado lejos, que lo importante es el cariño que madre e hijo se profesan y que «si la veo mal, haré lo que haga falta».
Las explicaciones no parecían suficientes. También se quiso saber si estaba deprimida. «Pues claro que tengo momentos de depresión, como mucha gente, y he arrastrado mis penas y mis alegrías. Además, tengo un físico... no soy mona». Pero de inmediato añadía que no es persona para provocar lástima y que no quiere dar carnaza. Insistió hasta la saciedad en que respeta a la prensa y depende «de lo que ustedes quieran decir», pero en su mensaje había un lamento a los excesos, a que se haya llegado hasta los muertos. Aludió a un proyecto profesional que en estos días parece haber tomado cuerpo, pero no quiso decir nada más «porque me da pánico lo que ustedes puedan interpretar».
Alguien le preguntó cuál es su sueño. «Ser la imagen de Madrid, junto a Manuel, el indigente», en la emblemática Plaza de Santa Ana, confesó. Y remató: «Qué le vamos a hacer, soy así de rarita».







