Después de una hora de oración, encaja la jornada a las nueve y media con un tazón de descafeinado con sacarina, dos kiwis y dos tostadas «peladas de pan integral», sin mermelada. Carmen Gabicagogeascoa, su madre, una de las primeras enfermeras del hospital de Cruces y después enfermera jefe en Gernika hasta jubilarse, ha salido a un recado. Su tía Merche, que regentó en el pueblo la ferretería Nueva Bolsa, se atusa el pelo fino. «¿Cuántos hago, Mario?», pregunta al sobrino. «Este año cumples 88». «¿Que si era pieza? Ni santo de peana ni un tirado de la vida. Me va a impresionar verle con la mitra. Se la hicieron probar para medir el ancho, y qué feo estaba», aprovecha para revelar la mujer cuando a Iceta le suena el móvil.
En el salón de la casa familiar, en Gernika, el Mario Iceta de la comunión, con seis o siete años, posa con su hermano Luis Alberto; también el recién licenciado en Medicina del año 90; y el del doctorado, en el 95, con la toga de color amarillo chillón. La misma cara en todos los retratos, más crío. En otra foto, juntan las mejillas madre y tía. Querrían enseñar esa que ha detenido en el tiempo la ferretería familiar, que estuvo junto a la antigua iglesia de San Juan; destrozado por las bombas en la guerra, el templo nunca se reconstruyó. «Cuando el bombardeo, mi padre, constructor, dijo que nos pusiéramos debajo del arco maestro de la casa. Así nos salvamos, porque el refugio se derrumbó y murieron muchos, sobre todo gudaris», rememora Merche.
Junto a un ventanal que da a la calle, señala el sofá, el rincón donde el 'auxiliar' se recoge para orar cada mañana hasta que pueda instalarse en el centro de Bilbao. Vivirá con su madre. «A las personas mayores hay que cuidarlas». En las estanterías, 'Guerra y paz', 'Chacal', 'Milagro en San Bruno' y 'Los cien platos universales de la cocina vasca' se pelean por coger sitio. Presiden el dormitorio de Mario Iceta un halo de austeridad y un crucifijo que unos amigos mexicanos le regalaron hace años. «Les invité a visitar Gernika y probaron las alubias con todos sus sacramentos». La cama hecha, el galán para los trajes huérfano, un par de zapatos -serán esos y los puestos-. El camión de la mudanza aún no ha salido de Córdoba.
Bach en Gernika
Iceta se abriga de lana gris, se enrolla la bufanda, la PDA de dos gigas con la Biblia y otros textos eclesiásticos descargados de Internet en un bolsillo, y nos conduce a la iglesia de Santa María, donde con 29 años celebró su primera misa. Su padre, natural de Mutriku, falleció antes de ver a su hijo pequeño sacerdote. Tiene la llave desde niño, cuando le consentían colarse para tocar el órgano, y porque los fines de semana que venía a Gernika ha ayudado al párroco, Iñaki Jauregi, a celebrar la eucaristía. Cuántas veces han comentado los dos los pocos jóvenes que se ven en misa. «Vivimos en una sociedad de vuelta de muchas cosas, no apreciamos lo que tenemos, incluso a los niños no les hacen ilusión los juguetes, porque tienen de todo. Y la Religión es algo así, está muy visto».
Discípulos de José Antonio Zulaika, el 'padre Donostia', le instruyeron en el arte de tocar el órgano en el internado de los capuchinos en Lekaroz (Navarra), donde cursó secundaria y bachiller. Como vieron que era un chaval espabilado, con la carrera de Solfeo y piano que iba sacando en Bilbao, con buenas notas en todas las clases, a Mario Iceta le dieron libre acceso al 'Cavaillé-Coll', un órgano de la prestigiosa firma francesa donado por el compositor.
El prelado habla y camina veloz -«es mi pecado, cuando predico me embalo y soy demasiado activo, me tengo que frenar»-. Cruza en rojo y un coche se detiene. «¿No estamos en la villa foral?», bromea. Le paran para saludar una, dos, tres veces. 'Gero arte, hasta luego, agur', se despide él. Enseguida se escapa al piso superior del templo. Como un niño con zapatos nuevos, saca los registros y los pedales le obedecen. Interpreta sin partitura 'Tocata y fuga en re menor'. Bach, en Gernika.
Tocado, que no hundido, ha estado el nuevo obispo auxiliar de la diócesis de Bilbao desde que su nombramiento se hizo público. Así lo explica sentado al volante de su coche, un modelo 'kilómetro cero', sin perder de vista las señales de velocidad. «Tuve un accidente con 18 años, una mancha de aceite sobre el asfalto y... Me partí el fémur, un mes en Cruces. Desde entonces llevo tornillos en una pierna y no puedo hacer 'footing', se me carga la cadera». Pero andar sí puede, por los caminos que llevan a Errigoitia desde Gernika, y futbolero también es. «Tengo amigos en Córdoba que ya me piden llevarles a San Mamés». El sacerdote acostumbra a rezar el rosario mientras conduce, cuando no escucha los boletines horarios o pone música -enseña un disco de Ana Belén, y otros de 'California Hotel' y de 'Hair'-. «A Supertramp lo vi en La Casilla», evoca.
Camino a Bilbao, toma la autopista. A la vuelta elige la carretera general. «¿Es que son 1,10 euros de peaje!». El sueldo de un obispo auxiliar llega, estima, «a unos 900». Arranca y se afloja el alzacuellos. Tiene cita con el obispo Ricardo Blázquez y con el saliente, Carmelo Etxenagusia. Visitará su despacho, una estancia luminosa en el Obispado donde aún cuelga un lienzo de la iglesia de Iurreta, localidad natal de Etxenagusia, «quien ya me ha dado algunos libros para refrescar el euskera». Iceta es prudente, quiere esperar a que «don Ricardo me informe de primera mano», pero no rehúye ninguna pregunta.
A si es tan conservador como se ha dicho, replica que «si por ello se entiende ser fiel a Jesucristo, a la Iglesia, al hombre y a la sociedad, ¿es que un sacerdote predica eso!». A si cree que llega aquí para poner orden, se enfrenta con un «no, hay un obispo que se jubila y yo sólo vengo a ayudar a don Ricardo». A qué pueden hacer los prelados para colaborar en el fin del terrorismo, dice que «todos estamos empeñados en el fin de ETA» y matiza que «la tarea de los obispos es pastoral, no política». A si tiene más amigos en un 'bando' que en otro, concede que «católicos hay en todos los partidos, y me sabe malo que me etiqueten, porque yo vengo a servir a todos». A qué opina del clero vasco, sostiene que «es ahora cuando lo voy a conocer» y reitera que «el obispo, señores, es Ricardo Blázquez». A la polémica generada por su elección, supone que «si, en mi calidad de médico, la Iglesia me hubiera pedido que fuera a un hospital en Zimbabwe, también habría obedecido».
Prácticas de médico
Pero sabe que tendrá que lidiar por un tiempo, hasta que la marejada se calme. Entonces quizá se acordará del temporal que azotó en su casa el día que comunicó que había sentido la 'llamada'. «Se lo tomaron mal. Del agobio que tenía adelgacé 20 kilos». Encontraría un apoyo en el entonces obispo de Córdoba, José Antonio Infantes Florido, a quien conoció por medio de un compañero de piso cordobés. Y también rememorará los veranos que pasó de prácticas como voluntario de la Cruz Roja en el pueblo. Conducía la ambulancia medicalizada, obligatoria en las plazas de toros vascas. Nunca tocó asistir una cogida; tropezones y lipotimias, a lo sumo.
A medida que fue sacando Medicina en la Universidad de Navarra, Mario Iceta también se buscó los cuartos trabajando varios veranos como médico generalista en los ambulatorios de Gernika, Ibarrangelu y Elantxobe. Perfeccionaría el inglés en un hospital de Manchester, el francés en Ginebra, el italiano en Roma, siendo ya estudiante de Teología... Aventuras.
Los tres obispos se sientan a la mesa en la Casa de la Espiritualidad. Iceta sirve del tinto Solagüen. Etxenagusia hace lo propio con la ensalada. Blázquez les deja hacer. Dan cuenta del pastel de patata y del pescado o el filete -a elegir-. Les dejamos hablar en medio de un clima relajado. Nos dejan oír los temas sin polémica. Parece que todos los obispos vascos cumplen años en abril; menos Mario, que es de marzo. También coinciden los prelados en el modelo de coche que utilizan. «Yo le pregunté a Setién qué tal le iba con el suyo, Etxenagusia me preguntó a mí, y Uriarte también coincide, o ya no sé ni cómo fue...», se presta Blázquez. Los asuntos más serios llegan en la sobremesa.
A Iceta le espera una sorpresa a la tarde. Recibe la visita de Fernando Lázaro, bilbaíno neuropsiquiatra en Inglaterra, compañero de piso en Navarra. Después de 15 años, sus recuerdos coinciden con lo que ven. El 'auxiliar' nos escribe sin quererlo un final. Le dejamos doce horas después en la capilla de la iglesia de su pueblo. Celebra una misa privada «por los que sufren».
i.alvarez@diario-elcorreo.com








