Los pisos estaban por las nubes y la gente se quejaba. Mientras tanto, todo el mundo compraba, es decir, se hipotecaba hasta el fin de los tiempos. Unos lo hacían porque no tenían más remedio y otros porque veían en el mercado inmobiliario una gran oportunidad. Unos y otros terminaban recibiendo un juego de llaves cuyo tintineo recordaba mucho al sonido de una caja registradora.
Se hablaba del 'ladrillo' y cada cual tasaba sus posesiones inmobiliarias con un optimismo extraordinario. Todos teníamos un vecino que había vendido un piso exactamente igual al nuestro por un potosí y parte del otro. Han sido tiempos frenéticos. Hubo momentos en los que en España se estaban construyendo tantas viviendas como en el resto de la Unión Europea.
Las burbujas son bonitas e invitan a la fantasía. Lo malo es que se rompen. Todos sabíamos que la nuestra iba a estallar, pero no pensábamos que lo haría tan pronto. Al final, ha sucedido. Lo cierto es que la pobre estaba exhausta: no daba más de sí.
Ahora los constructores y promotores vizcaínos anuncian que el año pasado se vendieron un 18% menos de viviendas que en 2006. También que cada vez se necesita más tiempo para desprenderse de los inmuebles. Es la confirmación de algo que la calle ya había averiguado por sus propios medios: controlando cuánto tardan en desaparecer los carteles de 'se vende' de las fa- chadas. Pese a los datos, los constructores aseguran que en los próximos años el sector mantendrá el nivel de actividad. Quizá tengan razón, pero suena a llamada a la calma. En cierto modo, es un clásico: el director de la orquesta del 'Titanic' mandando a sus chicos tocar mientras el barco comienza a hundirse.




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