
LOS DATOS
EL CORREO se ha propuesto felicitar a la firma por medio de los recuerdos -todos placenteros según lo que cuentan- de tres ex-trabajadores: Javier Rojo, presidente del Senado; Emilio Lope, pintor y ex-propietario de una galería de arte; y Javier Ortiz de Guinea, muy conocido como retratista de políticos y personajes de la sociedad alavesa. Las conversaciones se realizan por separado, sin las trampas que algunos pícaros utilizan en las timbas. Ninguno sabe lo que ha dicho el otro. Y, sin embargo, de sus discursos se extraen conclusiones comunes: el «orgullo» de haber pertenecido a Fournier; el «paternalismo bien entendido» de la firma con sus empleados; la apuesta por la calidad; y el interés por formar al personal.
Mucho más que naipes
Javier Rojo andaba esta semana enfrascado en el debate de investidura que debía proclamar a 'su' Zapatero presidente del Gobierno por segundo período consecutivo. La cuarta autoridad del Estado habla desde Madrid. Se confiesa muy ocupado, pero empieza a charlar de «los gratísimos recuerdos de mi empresa» y las prisas desaparecen. Se siente cómodo al referirse a una firma que va «mucho más allá de los naipes».
El líder socialista entró a la edad de votar en Fournier y lleva veinticinco años de excedencia. «Siempre me facilitaron mi militancia en la política», declara un hombre que asegura haber sido «muy feliz en un mundo muy creativo. Está claro que los naipes son su seña de identidad, pero Fournier era mucho más que eso. Ahí se han hecho sellos para muchísimos países del mundo, libros, enciclopedias como el Espasa o el Gran Larousse, colecciones de arte... Hicimos grabados de Dalí, de Picasso, de Rembrandt, de Cézanne...».
Rojo se sentía «un privilegiado» por trabajar dentro de un sitio donde resultaba más fácil cultivarse en una época que miraba a la cultura poco democratizada con recelo. «Estar todo el día entre arte y libros me dio la oportunidad de contar con una buena biblioteca, me sensibilizó con la lectura».
Cuando Rojo se refiere al «paternalismo» de la firma con sus empleados cabe la tentación de escuchar un discurso agrio en boca de un socialista. Pero enmienda rápidamente esa posible impresión. «Era un paternalismo bien entendido, una empresa familiar y conservadora, pero socialmente muy avanzada. Se preocupaba por la formación permanente de los trabajadores, pagaba la mitad de los estudios y hasta todo en función de las notas, éramos pioneros en horarios de trabajo y vacaciones... Se puede decir que tuvimos conquistas sociales antes de que llegasen las leyes».
En un período de censura aún campante, el presidente del Senado rememora anécdotas que sólo pueden entenderse con el prisma de aquellos años. «Editamos algunos libros de sexo para Francia donde llegamos a tapar desnudos con bikinis y hubo que renunciar a algún contrato con editoriales suecas». A Rojo le puede su vocación política y no está dispuesto a pasar ciertas referencias. Por ejemplo, la vinculación de Pablo Iglesias, fundador del PSOE, e Indalecio Prieto con las artes gráficas. Otro orgullo para él.
Artistas con apellidos
Es el turno del «retratista de la corte», como lo define Rojo. Habla Javier Ortiz de Guinea, autor del cuadro que ha pintado como homenaje a los miñones de la Diputación. 33 años en Fournier, de 1969 a 2002, le conceden toda la autoridad para referirse a la firma vitoriana que fundó un burgalés de ascendencia francesa en maestros litógrafos hace 140 años.
Javier quiere rendir tributo a «grandes artistas» que trabajaron con él, prefiere repasar la historia con nombres y apellidos. Desde el responsable de la sección de dibujo, Jesús Gargallo, a compañeros como el arqueólogo Armando Llanos; el «extraordinario dibujante» Félix Llamosas; Maribel Ibáñez de Sendadiano, «madre de la baraja vasca»; y «el grandísimo cartelista y diseñador» Claudio Aberásturi.
Como no podía ser de otro modo, Javier atribuye al naipe el conocimiento exterior de Vitoria, «la ciudad de la baraja, la ciudad de Heraclio». Pero de acuerdo con Rojo, se refiere a otras labores primorosas, «como los sellos de Correos para países que no tenían fábrica de moneda y timbre como Nueva Zelanda, Marruecos, Irak, Burundi, Ruanda, Emiratos Árabes o islas Cook y la infinidad de libros de arte».
Él se sentía «orgulloso» con unos empresarios que le preguntaban a diario por sus gemelas, en una firma que «premiaba afectivamente el gusto y la iniciativa, que se preocupaba por la gente y la formaba. En eso residía la categoría de Fournier, en la alta preparación de los empleados», remarca.
Emilio Lope ingresó muy jovencito de litógrafo y acabó casi cincuenta años después como responsable de todo el retocado en 'offset'. «A medida que se jubilaban compañeros iba asumiendo más secciones», recuerda el pintor y ex-galerista a caballo entre Vitoria y la casa de Leza, su localidad natal.
Él tampoco se resiste a manifestarse «orgulloso» por haber dedicado dos terceras partes de su vida laboral a la renombrada empresa, cuyo funcionamiento interno de entonces debería servir como modelo para otras, cree Emilio. «Lo primero, e importantísimo, es que se preocupaba mucho del extranjero. Fue pionera en la exportación. Y lo segundo, un sistema de formación muy peculiar. Entre aprendices y oficiales se creó una escuela de diferentes empleos que yo aconsejaría a muchísimas empresas. Esa especie de academia breve sacaba a la luz las cualidades de mucha gente que estaban escondidas».
Sus elogios se extienden a la manera de relacionarse patronos y empleados, un modo que favorecía el buen clima laboral. «Era un modelo. Nos sentíamos mimados por la dirección, había un ambiente familiar en el que se preocupaban por los detalles de las personas y, económicamente, ganábamos más que otras empresas fuertes de Vitoria». Emilio cree que vivió «una época extraordinaria» dentro de Fournier, la factoría de trazo delicado que gobernó «don Félix». No le apea el tratamiento. Además de por urbanidad, Emilio se refiere al mentor con un punto de admiración.





