Los datos del estudio del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales no dejan lugar a dudas: el 2,7% de las mujeres con un empleo son operadoras de instalaciones industriales; el 2,2% desempeña su tarea en artes gráficas, ebanistería y otros sectores afines; el 5% ocupa puestos de distinta cualificación en construcción, industria manufacturera, agricultura y pesca... Incluso el 0,3% desempeña un trabajo de operadora de maquinaria móvil. Son los datos que miden su presencia en la industria o al menos fuera de los servicios donde desde hace unos años su presencia es mayoritaria: la educación no universitaria y la sanidad.
Si se observa el registro de las titulaciones en Formación Profesional, esta entrada en el empleo industrial no debería extrañar. Los jóvenes que ahora se aproximan a la treintena, y que por tanto deben haber encontrado ya un empleo estable, terminaron su formación hace algo menos de una década. ¿Qué pasó a finales de los noventa? Pues que un poco más de la mitad de los títulos de Formación Profesional I y II fueron obtenidos por muchachas. Y esa tendencia se mantiene. Sin embargo, es sólo desde hace poco más de un año cuando el peso de las mujeres en el empleo industrial crece.
Formación y robotización
«Esta contratación mayor ha empezado a producirse cuando había prácticamente un pleno empleo masculino en esas ramas de actividad. Otra cosa es que las empresas, cuando tienen mujeres en puestos que han sido siempre masculinos y ven que lo hacen bien, abandonan sus reticencias y ya las contratan con más naturalidad», explica Emilia Málaga, secretaria del Área de Igualdad de UGT-Euskadi.
Hay otra razón que explica, al menos parcialmente, la apertura de lo que hasta hace bien poco era un coto vedado a las mujeres: la robotización de muchas tareas tiene como consecuencia que no sea precisa una fuerza física notable para desempeñarlas. Para manejar hoy un torno es necesario saber manejar un ordenador pero no ser capaz de cargar con piezas de treinta o más kilos de peso. Es el mismo motivo que puede explicar por qué ahora hay muchas mujeres que conducen autobuses: desde que se generalizó la dirección asistida, la fuerza física ya no es un requisito para mover el vehículo en maniobras complicadas.
Nunca lo fue para dirigir una construcción, ya sea de un edificio o una obra pública. Pero no se veían mujeres allí. «Antes, las que eran aparejadores o ingenieros estaban en la oficina técnica, con los planos. Ahora ya están también en el tajo», explica Marcos Campo, de la empresa de selección de personal Campo y Ochandiano.
Cambio de mentalidad
Sucede porque, como dice un portavoz de CC OO de Euskadi, las empresas se han subido a la ola de la dinámica social y aprovechan las ayudas institucionales para esa incorporación femenina. Además, una vez que están dentro las primeras, los empresarios, recalca el sindicalista, comprueban que hacen muy bien su trabajo. Los tópicos se vienen abajo y a partir de ahí las siguientes aspirantes a un empleo lo tendrán más fácil. La incorporación, sin embargo, debería ser mayor, a juicio de las patronales. «Se orienta a las chicas a unas profesiones que el mercado no requiere -y por tanto, que no están bien pagadas ni ofrecen buenas oportunidades-, en vez de encaminarlas hacia lo que las empresas necesitan. ¿Qué pasa cuando llega una chica de 16 años a su casa y dice que quiere ser tornera?», se pregunta Jon Bilbao, director de Relaciones Laborales de Confebask. Su respuesta es la que cualquiera con una hija de esa edad tendría en la boca: «La contestación suele ir formulada como pregunta: '¿No se te ocurre otro trabajo mejor?'»
Es un problema de cambio de mentalidad que, no obstante, ya se ha producido en otras esferas laborales. En algunas, incluso se ha dado un auténtico vuelco. «Cuando una empresa busca directivos sin experiencia, cuatro de cada cinco candidatos seleccionados son mujeres», explica Marcos Campo. De nuevo, un dato que es de una lógica absoluta: las mujeres son mayoría en las facultades de Ciencias Económicas.
Y aunque es cierto que las cúpulas de las sociedades mercantiles están dominadas de forma aplastante por varones, la pirámide de 'población directiva' conduce irremediablemente a una mayor equiparación a medio plazo. De nuevo, los datos permiten hacer un retrato muy nítido: el 1,8% de las mujeres con empleo se dedica a la gerencia de empresas pequeñas (3,3% de varones); el 1,4% son altos cargos de la Administración pública o empresas medianas y grandes (3,0% de hombres); el 1,5%, licenciadas dedicadas a la organización de empresas (0,8%); y el 6,2%, técnicos de grado medio en gestión administrativa (2,2%).
Es algo parecido a lo que sucede en servicios vinculados a la industria. La presencia de mujeres en centros de investigación y desarrollo tecnológico es ya notable. En muchos casos, proceden de la enseñanza universitaria y han recalado allí porque se trata de empleos que tienen las ventajas de unos horarios 'de oficina' similares a los de los las facultades y las escuelas técnicas y están en general mejor pagados.
¿Qué sucederá en el futuro? En España todavía hay margen para una mayor incorporación de la mujer al mundo del trabajo, pero es imposible que continúe al ritmo de los últimos años. Y eso debe notarse también en lo que respecta a su entrada en la industria como en otros ámbitos laborales en los que hasta ahora ha tenido una presencia simbólica. Emilia Málaga está convencida de que las nuevas tecnologías, los departamentos de control de calidad, el diseño asistido por ordenador y algunas tareas emparentadas con éstas serán destinos laborales para las mujeres.
Es seguro también que habrá otros, por el contrario, en los que seguirá sin estar presente. Por ejemplo, en la minería, la pesca o la marina mercante, trabajos en los que poco a poco dejará también de haber varones... españoles. Lo que está sucediendo, coinciden todos los especialistas consultados, es que las tareas más duras, las que requieren de mayor esfuerzo físico, están peor remuneradas o presentan condiciones más penosas (como largas estancias fuera de casa, a veces en condiciones de semiaislamiento), irán siendo ocupadas por inmigrantes. Por eso no hay ninguna expectativa de que vaya a haber más mujeres, al menos españolas, en sectores como los anteriormente citados.
Precariedad, salarios
Otro problema es que las mujeres entran en empleos nuevos pero en no pocos casos sea precisamente en los que se caracterizan por una cierta precariedad. «Sucede en el sector de la seguridad privada, donde empiezan a proliferar, o en algunos trabajos en la industria donde abundan los contratos temporales o los bajos salarios», advierte un portavoz de CC OO de Euskadi.
Las estadísticas hablan de presencia femenina en los distintos sectores, pero no de condiciones laborales, y los sindicatos alertan sobre el riesgo de que la llegada a nuevas ocupaciones vaya acompañada de precariedad. Algo que no sucede en los empleos públicos, refugio hasta ahora de la mayor parte de las mujeres con trabajo remunerado y un nivel medio-alto de formación. En el otro extremo, el de los trabajos menos cualificados y peor remunerados, también son una aplastante mayoría: el 14,7% se gana el sueldo como empleadas domésticas o personal de limpieza en el interior de edificios. No hay ninguna tarea con presencia femenina tan aplastante ni con tan pequeña representación masculina: el 0,7%. Es la otra cara del fenómeno, la de un tipo de empleo en el que el tópico de una división desigual del trabajo se mantiene intacto.







