
O bien podría haber creado un Ministerio del Agua ya que, tal como están las cosas, vamos tan escasos del preciado elemento como el poder adquisitivo de quienes se hipotecan treinta años de su vida para poder acceder a la propiedad de una vivienda. El caso es que el equipo que ha elegido Zapatero no ha resultado indiferente. Responde más a la necesidad de proyectar una imagen de marketing de modernidad que a la probada capacidad de gestión de algunos de sus titulares y, por esta razón, tanto las incorporaciones de nuevas inexpertas como la confirmación de los ministros considerados ya amortizados por propios y extraños está provocando un caudal de reacciones.
Resulta aparentemente delicado reprobar el nombramiento de la nueva ministra de Defensa («Chacó», como la llamó el presidente arrebatado, quizás por la catalanidad de su cuota en el Gobierno) porque se podría entender cualquier crítica a su perfil como fruto de una actitud machista. Pero no ha sido por esa vía por donde se han canalizado las principales pegas a la ministra más protegida por el presidente. Aparte de que genere cierta inquietud su estado de buena esperanza con sus siete meses de gestión -su pase de revista, hoy a las tropas, será la imagen más reproducida de las próximas horas- porque su maternidad le relegará los meses de baja reglamentaria sin apenas haberse podido poner al día de su nuevo cometido, es su falta de preparación para el cargo lo que ha provocado ciertas dudas más allá del mundo castrense.
Lo de menos es que sea pacifista declarada. También lo era Bono y así se definió cuando ostentaba el mismo cargo, diciendo que prefería morir a matar, para tranquilidad de las familias cuyos soldados estaban desplegados en Afganistán, por ejemplo, pero su condición masculina impidió que los quisquillosos repararan en ello. Es su desconocimiento del sector lo que causa cierta inquietud. Es probable que, en la práctica, sea Soledad López, que hasta ahora ha sido Secretaria de Estado de Defensa quien cargue con el grueso de la responsabilidad y, en ese caso, no habrá mayores reparos.
Otra ministra más preparada para asumir esta responsabilidad era Elena Salgado que ya se hizo cargo, en su día, de la reorganización de Defensa y conoce ese mundo como nadie. Pero la imagen de la joven catalana embarazada tiene sin duda mayores enteros de cotización en el 'Guinness' de la originalidad. Tampoco queda clara la finalidad de un Ministerio de Igualdad, sin competencias claramente definidas que en no pocas ocasiones colisionarán con las del ministerio del Interior.
Y tampoco pasará desapercibida la difícil conciliación que pueda darse entre el vicepresidente Solbes y el nuevo ministro de Industria, Sebastián, en tiempos de turbulencias económicas. Lo que está generando más críticas, sin duda, es la repetición de los ministros 'broncas' como Bermejo, más conocido como 'fiscal anti-PP' o Magdalena Álvarez, reprobada por el Senado y por el propio Parlamento catalán por su penosa gestión de las obras del AVE y de las cercanías de Renfe en Barcelona.
De hecho la consolidación de estos dos ministros contradice el mensaje de Zapatero sobre su intención de que ésta sea la legislatura del diálogo y el consenso. De la cuota vasca, salvo el nombramiento de la ministra de Ciencia e innovación, Cristina Garmendia, que no es militante del partido, hay que decir que es prácticamente inexistente. Que Javier Rojo presida el Senado o Ramón Jáuregui sea el 'número dos' del portavoz en el Congreso queda fuera de los cálculos de reparto de poder.







