
EL CORREO accedió a una de las aulas en la que diez personas recibían el curso para recuperar los doce créditos que necesitan para llevar un volante. Ninguno de los asistentes quiso desvelar su identidad, todos prefirieron esconderse en el anonimato para evitar que nadie les señale como 'infractores', una definición que les hace poca gracia por las connotaciones que acarrea.
El único que aceptó la propuesta fue Ramiro Mila. Con razón. El motivo que le había devuelto a una autoescuela no era haber infringido las normas de circulación. Sí, había agotado todo el saldo de su permiso porque se había cometido una grave infracción con su coche... pero no era él quien conducía. «Estoy aquí por mi hijo», confesó resignado. Él tuvo que pagar el pato porque el vehículo está registrado a su nombre.
Lo que parecía sorprendente no hizo más que sacar a la luz una realidad. Dos pupitres por delante de Ramiro, alguien salta: «A mí me ha pasado lo mismo. Y, además, no pude reaccionar porque me pilló fuera de España». Mónica explica que se encontró con este 'marrón' al regresar a casa. «Pero algunos de vosotros os lo habéis buscado», reprueba, de repente, el profesor. Se refiere a que en estos casos tendrían que haber recurrido y no lo hicieron.
«Es un curso para tontos. Un mero trámite. Ya sabemos lo que nos cuentan. Es un castigo. ¿Una penitencia!». A las palabras de Mónica se suma más de uno.
-¿Qué os parece la nueva normativa?
-Hay muy pocos puntos y el criterio es cuestionable.
Ésta es la respuesta de Miguel. Todos asienten con un gesto de cabeza. Él narra su infracción con vergüenza. Tenía el coche mal estacionado, vio un sitio a poco más de un metro de distancia, pero tuvo que efectuar un giro prohibido... Detrás de la mesa de Miguel, Carlos se arranca también a explicar su pecado. «Un particular me denunció por hacer un adelantamiento por la derecha. Me quitaron seis puntos y como ya me habían restado cuatro con anterioridad me he quedado sin carné», admite.
Miriam también se adelanta a reconocer que todo ha sido «culpa» suya. Como en el 80% de los que acuden a estos cursos, pisó más de la cuenta el acelerador. Mónica interrumpe. «Se deberían gastar el dinero también en señalizar bien las carreteras y en estudiar los recursos...».
Pese a la indignación de alguno, la mayoría reconoce que los cursos sirven para aprender la lección y «no cometer nuevas infracciones». Unos, por las graves consecuencias y otros, porque no les quedan ganas de volver a clase.







