Aunque se diría que fue hace un siglo, no hace tanto que la margen izquierda del Nervión era un gigantesco organismo industrial que nunca dormía. Por entonces, las madrugadas de Sestao estaban teñidas del rojo infernal de las chimeneas y ejércitos de hombres de pocas palabras desayunaban duro en los oscuros bares de la cuesta de la Iberia antes de entrar a cumplir su turno.
Hoy todo ha cambiado. Ya no hay obreros, ni apenas industria, y la estación de La Iberia queda un tanto a desmano. El Ayuntamiento quiere trasladarla a los pies del antiguo horno alto, donde está previsto levantar el Museo de la Siderurgia. La idea forma parte de un plan para revitalizar la zona de Chávarri. Además del museo y de la nueva estación de tren, el Ayuntamiento quiere construir una amplia zona verde, una galería comercial y un aparcamiento para coches y autobuses.
El futuro se edifica sobre las cenizas del pasado. Ocurre de un modo veloz y algo inclemente, pero siempre ha sido así. Si ayer las fábricas se levantaron sobre las campas idílicas, hoy las urbanizaciones y los centros comerciales ocupan el lugar de las acerías y los astilleros. Imaginen que hace cincuenta años le hubiésemos dicho a un obrero de Altos Hornos que llegaría el día en que los vizcaínos irían a pasar la mañana del domingo a la dársena de La Benedicta. Nos habría tomado por locos.
Será suficiente con no olvidar lo que dejamos atrás. El Museo de la Siderurgia nos ayudará a conservar la memoria de unos tiempos duros, grises y épicos. En las novelas de Luis de Castresana y Ramiro Pinilla, en los versos de Aresti y Blas de Otero, queda también un reflejo vivísimo de esos años, los del hierro. La historia de los años del metacrilato, distintos y a su manera igualmente interesantes, está aún por escribir.









