
Pero las nuevas estrategias comerciales han llevado al cierre a este mítico establecimiento. Muy a su pesar, los actuales propietarios han tirado la toalla. «No se puede competir con las grandes superficies comerciales ni con las exigencias que imponen las empresas perfumistas. Se acaba una forma de hacer negocio», señalan.
No hay futuro», lamentan. «Las cadenas de hoy tienen todas las marcas que se les ocurran, pero nosotros no podíamos competir en esa carrera». Y todo eso pese al trato exquisito que dispensaban sus últimas dependientas: Susana Castilla, María Mosquera y Mari Carmen Añíbarro, expertas en el arte de aconsejar qué perfume sienta mejor a cada piel.
Con su clausura se pasa página a una época que abrió el patriarca de la familia: don Eduardo. Con una pizca de suerte, necesaria en todo tipo de negocios. Porque en sus orígenes el local abierto en Artecalle fue una modestísima droguería donde se fabricaban ceras y pinturas, y toda clase de productos de herboristería, ortopédicos, farmacéuticos e incluso de cepillería. También comercializaba artículos de pintura y decoración.
Eran, evidentemente, otros tiempos. Cuando el perfume no estaba al alcance de todos los ciudadanos y no se tiraba tanto de él. Curiosamente, su mercado principal no fue el español, sino el cubano. Que don Eduardo conocía de sobra. Natural de Otañes, el hombre emigró a la isla caribeña en 1852 y, quince años después, regresó, con algo de fortuna, para levantar un negocio. Bueno, unos cuantos. Porque lo que para muchos ha sido Perfumería Barandiarán durante un gran puñado de años fueron 'Droguerías Barandiarán'.
Canción del cine Olimpia
Todo comenzó con la que el jefe compró en Artecalle. A partir de ahí, comenzó a tejer un emporio aromático que fue propagándose por toda la ciudad. Y consiguió hacerse un hueco en la memoria de la ciudad. Pocos comercios pueden presumir de tanta popularidad que acaban inspirando una canción.
Y este negocio la tuvo. Una ocurrencia más de su fundador. Para aumentar las ventas, se sacó de la manga una campaña publicitaria con la que regalaba una entrada de general para el cine Olimpia -desaparecido también- por cada siete pesetas de compra. La iniciativa tuvo un éxito espectacular. Tanto, que los chavales de la época iban encantados al cine cantando por las calles a ritmo de copla y con la música del himno de Santa Águeda: 'Atorrante que vas al Olimpia/con entrada de Barandiarán/y te pones en primera fila/sin pagar un cochino real'.
Pero como sucede en tantas sagas familiares el negocio de los Barandiarán acabó, con el paso del tiempo, en otras manos. Y con ellos se fueron aquellos maravillosos aromas de bergamota, limón, naranja, mandarina, canela, vetiver, sándalo... que tanto entusiasmaban a los clientes. Desde hace un par de semanas, en la mítica perfumería de la calle Navarra ya sólo huele a cerrado.
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