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¡Otra vez él!
La vuelta al poder del polémico magnate, que asombra en el exterior, se explica por la férrea primacía de la derecha y el ansia de liderazgo

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La mitad de los italianos están pensando en hacer las maletas e irse del país, ante la idea de soportar otros cinco años de Berlusconi, pero es una mitad ligeramente más pequeña que la otra. Italia siempre ha sido de derechas, desde la posguerra. El Partido Comunista se quedaba en todas las elecciones al borde del 'sorpasso' -el adelantamiento de la Democracia Cristiana-, pero el miedo a los rojos era más fuerte. Berlusconi, de hecho, lo sigue explotando. Fuera de Italia es anacrónico, pero aquí funciona.

Por tanto, si siempre vence la derecha y el líder de una derecha unida es Berlusconi no hay más que hablar. Que sea el hombre más rico de Italia, que tenga la mitad de las televisiones, que no se sepa de dónde sacó su fortuna, que su catadura moral sea cuestionable, que confunda lo privado y lo público, que tenga procesos pendientes, es algo secundario.

En Italia ningún político es un santo. Pero es que además 'Il Cavaliere', o eso transmite, da garantías de mando. Es un líder nato, una mano dura, y un electorado harto de legiones de com- ponendas políticas y que quiere cambios lo identifica como el único capaz de poner orden. La desesperación hace comulgar con ruedas de molino.

Italia lleva décadas esperando que alguien meta mano en las castas de poder y los vicios endémicos que la inmovilizan. Berlusconi ha hecho creer que no pertenece a ellas por su carisma de- sacralizador y vendiéndose a través de sus medios. En 1992, cuando los jueces de Manos Limpias desmontaron la corrupta clase política de democristianos y socialistas, Italia pensó que iba a ocurrir el milagro. Fue un espejismo y el hueco lo ocupó Berlusconi, pero en un cuadro político aún fragmentado.

Mal absoluto

'Il Cavaliere' y lo que representa se convirtió en el mal absoluto para la izquierda, que así encontró un elemento aglutinador. El antiberlusconismo logró forjar un centroizquierda amplio, que consiguió frenarle en 1996 y 2006, cuando se presentó unido en los proyectos de El Olivo y La Unión, en ambas ocasiones con Prodi.

Pero esta coalición era un arco tan vasto, desde democristianos de misa dominical a trotskistas leninistas, que la convertía en una jaula de grillos. En 1996 duraron cinco años, pero con continuas peleas. Esta vez, ni 18 meses. La apuesta en solitario del PD de Veltroni para romper esta dinámica ha sido valiente, pero ha descubierto la realidad: la izquierda dividida no vence. No ha robado votos del centro ni de la derecha.

Berlusconi tiene 71 años y concluirá la legislatura con 76. Si vuelve a lanzarse sobre el Estado como si fuera suyo y sigue pensando en su ombligo acabará de destrozarlo. Informativamente, se teme de nuevo el régimen. Tiene menos procesos abiertos y de ese frente habrá menos tensión.

Italia girará a la derecha, sobre todo en inmigración, por el peso de Lega, abiertamente xenófoba, y sin el contrapeso de la UDC. Pero si le queda un gramo de sensatez deberá emprender las grandes reformas que necesita el país: instituciones, burocracia, gasto público, infraestructuras, sanidad, educación... Puede ser la última oportunidad.
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