En España la Justicia ha alcanzado la extraña categoría de enfermedad crónica. Es una de esas dolencias sobre las que nos pasamos el día hablando y de las que ya no esperamos recuperarnos. Nos basta con ir tirando y con que no duela demasiado.
En los últimos años, los cuatro juzgados de lo Contencioso de Bilbao presentaban preocupantes índices de saturación. Cada cierto tiempo, el juez decano aparecía en los papeles reclamando la creación de una quinta sala capaz de descongestionar el panorama. Era entonces cuando recordábamos las imágenes de esos juzgados que parecen desguaces, con montañas de documentos creciendo sobre las mesas y agolpándose en el suelo: tembladizas torres de Babel procesal expuestas a una mala corriente de aire o un aspirador traicionero.
Parece que la insistencia del juez decano dio sus frutos porque el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 5 de Bilbao entró en funcionamiento a principios de año. En los próximos días tomará posesión de su plaza la magistrada María Eva Saavedra, quien se enfrenta al reto de aligerar la carga de trabajo de las otras salas y de acortar en lo posible el tiempo de respuesta que transcurre entre la entrada de un asunto hasta el señalamiento del juicio.
Incluso el buen Sancho Panza sabía de la conveniencia de que la Justicia fuese diligente y resolvió los pleitos a los que se enfrentó como gobernador de la ínsula Barataria sin «largas dilaciones». La verdad es que lo hizo bastante bien. En sus tiempos, la Justicia tampoco estaba demasiado informatizada.




: 






