García Tola decía que las locutoras de los telediarios «no tenían piernas» y eso es lo que le pasaba a la Merkel hasta que enseñó en Oslo un busto de esplendor dividido por un profundo canalillo, una operística muestra de exuberancia teutona. Así derrumbó la canciller otro muro de Berlín cimentado en su imagen pública de dama más bien desmañada escasamente interesada por la ropa. Mudó de peinado. Se puso un vestido vaporoso. Dicen que ya hace caso a los estilistas y que de alguna manera puede que la hayan convencido de que sin tetas no hay paraíso, que el hábito no hace al monje y lo más importante: que la popularidad en los sondeos la da el precio del pan de cada día pero también la diaria vestimenta.
En Italia, edén y meca del diseño puntero, le dan el voto a un 'político-botox' que vuelve con la frente nada marchita por obra y gracia del bisturí pues la arruga es fea. Las mujeres llegan al poder y no deben arrugarse a la hora de ejercer de portaestandartes de la moda nacional una industria por supuesto a propagar y defender. El guardarropa de una ministra ha de ser bandera de la costura de su país. En cierto modo se vuelven ministras-maniquí, sin embargo, no se entendería que los ministros vistieran lo último de Gaultier ni que tirasen de fondo de armario de autóctonos modistos vanguardistas. Eso sí, la palabra de honor en el escote han de llevarla ellas.






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