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Alcohólico
16.04.08 -

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Se miró en el falso espejo. Era falso en dos sentidos contrapuestos, el segundo de los cuales le otorgaba lo contrario: cierta veracidad testifical, una cualidad de notario. Era falso porque le devolvía la imagen de un rostro vista a través de la subjetividad de sus ojos engañados por la mente; y también porque carecía de azogue, como los de las comisarías, y tras él le observaban las personas que le querían y otras que le eran desconocidas.

Pensó en lo que le había dado, o creía que le había dado, el alcohol a lo largo de la vida; y en el alto precio que pagó por esas relativas dádivas, por ser un impenitente bebedor de largo recorrido. La cara y la cruz: la luz y la oscuridad.

En el lado luminoso: momentos sublimes de conversación, placentero bienestar, destellos brillantes de la inteligencia y el ingenio, desenfado, campechanía, hallazgos humorísticos, capacidad de seducción y sobre todo para reírse de sí mismo y con los demás, lágrimas felices y un anestésico para aceptar la pesada broma que es la vida.

En el lado de la oscuridad: despilfarros de tiempo y salud, lóbregas resacas enajenadas o ruines, exacerbación de la ira y la intolerancia, fealdad y feísmo, magnificación de los fantasmas personales, egoísmo, deformación de la realidad, debilitamiento, abulia, impaciente torpeza, derroche económico, degradación mental, pérdida de oportunidades profesionales, inmadurez para estar a la altura del compromiso amoroso y de los deberes de la paternidad.

Puestos unos y otros efectos en los respectivos platillos de la balanza, estaba claro hacia qué lado se inclinaba el fiel: al de la resaca de la ebriedad.

Las resacas que vuelven una y otra vez como en la metáfora de las olas del mar. Que vuelven hasta que se convierten en una repetida lacra de la existencia, una intermitente película de terror cuando por la mañana abre los ojos, recibe de nuevo el zarpazo de la bestia y reconoce que otra vez ha sucedido.

Imaginó desde una perspectiva empírica, contable, lo que todas las copas de su vida medirían colocadas en fila, una detrás de otra: la distancia en kilómetros entre el equilibrio y la derrota porque a la larga, el alcohol siempre gana la carrera.

Se dispuso a cumplir a su modo el rito de la sobria hermandad anónima. Primero se despojó de la identidad y de las servidumbres orgullosas del ego y de la vanidad para convertirse en Nemo, nadie, en Ulises que intenta escapar del naufragio en ese mar de aguas negras para arribar a la protección del puerto de Ítaca. Después, se volvió a mirar en el espejo falso y se dirigió a los que le observaban tras él, pero sobre todo al fondo de sí mismo, y dijo con pesar, voluntad de superación, vergüenza y en voz alta: «Soy un alcohólico».
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