
Roberto Cearsolo Barrenetxea es un economista de 47 años que tiene a gala ser uno de los primeros que creyeron en el proyecto Guggenheim, de los que apostaron por él cuando para la mayoría era poco más que una utopía y un despilfarro en un tiempo de crisis y reconversión. Corría el año 1992. «Yo no procedía del mundo del arte, pero sí era un proyecto retador por la inversión que suponía en 10 o 15 años, junto al Palacio Euskalduna, el metro... Me apetecía», explicó a EL CORREO hace unos meses.
El contable del museo bilbaíno nació en Elgoibar en 1960 y se licenció en Económicas y Empresariales con 24 años. Una empresa de Eibar le dio su primera oportunidad como asesor fiscal entre 1986 y 1988, año en que fue fichado por una firma donostiarra como consultor senior. Antes de llegar al Guggenheim, entre 1990 y 1992, fue director gerente en otra firma guipuzcoana.
Con la 'Q' de calidad
Para entonces, Cearsolo era ya un enamorado de la bicicleta, que se hacía -según dice- 120 kilómetros al día. Su historial deportivo incluye la ascensión a los Alpes y los Dolomitas. Encima del sillín, pedaleando sobre las dos ruedas gasta las calorías que suma como amante de la buena mesa que es, en especial, de «las alubias, la merluza con kokotxas y la cuajada».
El brillante economista estaba llamado a ser la mano derecha de Vidarte y, de hecho, lo fue; la dirección que ocupaba de Administración y Finanzas era la más importante del museo y una de las que más personal manejaba. Tenía 22 trabajadores a su mando. La relación ha durado 16 años. El tiempo suficiente para que su gestión fuese premiada con la 'Q' de plata, que reconoce la Excelencia en Gestión. Hace dos años, en noviembre de 2006, Cearsolo explicó en una conferencia internacional en Madrid las claves de la exitosa labor que desarrollaba. «El modelo que hemos implantado es un herramienta eficaz que nos ayuda en la definición de nuestros propios objetivos, así como la detección de acciones de mejora».








