Con siete votos a favor y dos en contra, la mayor instancia judicial norteamericana sentenció que el riesgo de sufrimiento vinculado a este método, utilizado en la casi totalidad de los ajusticiamientos, no entra dentro de los «castigos crueles e inhabituales». Por ello, las ejecuciones suspendidas durante los últimos seis meses podrán reanudarse lo antes posible. En 2007 sólo se registraron 42, el nivel más bajo en los últimos 13 años, mientras que en 2008 todavía no ha habido ninguna. Esta resolución se debatía desde el pasado 25 de septiembre.
El presidente del Tribunal, el juez John Roberts, aseguró que «los demandantes no han probado que el riesgo de experimentar dolor a causa de la mala administración de un protocolo permitido para humanos en la inyección letal y el no adoptar otras alternativas que no se han experimentado aún constituyan un castigo cruel y extraordinario».
Ahora serán las jurisdicciones estatales las encargadas de decidir si aplicar o no el dictamen del Supremo. Algunos de estos fallos podrían tardar años, pero otros probablemente ocurran muy rápidamente, fundamentalmente en los estados del sur como Texas, Oklahoma o Alabama.
Apoyo popular
Coincidiendo con la visita del Papa, una encuesta revela que aproximadamente dos tercios de los estadounidenses están a favor de aplicar la pena de muerte a los alrededor de 3.260 presos que se encuentran en el corredor de la muerte.
De todas formas, hay luz dentro de este oscuro túnel, ya que el pasado diciembre, Nueva Jersey se convirtió en el primero en cuarenta años en ilegalizar la pena de muerte, por lo que quizás otros estados podrían contagiarse de esta decisión.
La inyección letal es el método más empleado a este lado del Atlántico para acabar con la vida de sus condenados a muerte. Si todo se desarrolla con normalidad, el preso recibe una inyección que administra un total de tres sustancias. La primera es un somnífero que le duerme, la segunda un potente relajante que paraliza sus músculos y la tercera un medicamento que detiene su corazón provocando un paro cardiaco. Si todo ocurre con normalidad, la persona pierde rápidamente el conocimiento y muere en pocos minutos. Pero si el primer producto es mal administrado, las dos inyecciones siguientes provocan una escabrosa pesadilla de dolor, como han atestiguado varios estudios médicos.







