
«¿Viene ya el Papa?», preguntaba entusiasmada una señora que estiraba el cuello por encima del cristal de un restaurante. Faltaban todavía cinco horas para que el 'papamóvil' desfilara por la avenida Pensilvania, pero ya había quien llevaba horas sentado en la acera, como si el saludo fugaz del Pontífice fuera a traerles la salvación eterna. «Creo que voy a sentir una paz infinita cuando le vea pasar», suspiraba Martha Evans, una mujer de Baltimore que había venido con su silla a cuestas para la espera.
Magnetismo
Tal era el magnetismo de la presencia papal en el primer día verdaderamente primaveral de la temporada que ni los taxistas se quejaban del tráfico caótico que había desatado la santa procesión. «¿No preferirías ver antes al Papa que a cualquier otro líder del mundo?», preguntaba retórico un etíope que ni siquiera era católico. Como tampoco lo eran la mayoría de las 13.500 personas que hicieron cola para entrar en la Casa Blanca por rigurosa invitación. «En el fondo, el Papa es como el Papa de todos, no sólo de los católicos», justificaba Mary Miller.
«Es el único líder religioso internacionalmente reconocido que representa los valores de Occidente». A su lado, David Shuck, un abogado judío, asentía maravillado como si estuviera ante el acontecimiento de su vida. Por primera vez le había pedido un favor a su hijo, que trabaja como asesor en la Casa Blanca, para poder entrar en la mansión presidencial y llevarse en la retina la imagen del Santo Padre.
A los católicos se les reconocía por las calles por su entusiasmo bañado en alegres cánticos religiosos que acompañaban con guitarras y panderetas, y más de un «viva el Papa» en español. Música mucho menos sobria que la que sonó en el jardín de la Casa Blanca -'Hosana en el cielo', 'Aleluya', y otros temas gloriosos-, por mucho que las flores se hubieran vestido de amarillo y la banda con peluquines de época.







