Luego vino Eusko Alkartasuna a lastrar el pelotón, descubriendo que en Mondragón sí, pero que en los demás sitios no. Descubriendo que la réplica ha de depender de la localidad en la que esté empadronada la víctima mortal. Pero siempre aparece alguien más tardón; y ahora toca esperar a ver qué decide la asamblea mondragonesa de Ezker Batua. Isaías Carrasco fue asesinado el 7 de marzo. Ya han transcurrido un mes y una semana, y todavía el Consistorio del que había formado parte continúa en manos de quienes, en el mejor de los casos, consideran que su muerte fue la expresión de un «conflicto político y armado» que precisa una solución dialogada con quienes dispararon contra Isaías.
El término municipal de Mondragón permite múltiples rodeos; quizá más que ninguna otra localidad. No en balde está situado prácticamente en el centro de Euskadi. Pero resulta descorazonador que para acceder al núcleo de su poder local la democracia deba recorrer un trayecto tan extenuante. Y todo porque una parte de las fuerzas democráticas, las que integran el Gobierno vasco, se resisten a cortar definitivamente amarras con quienes siguen dando cobertura política al terrorismo.
En el cálculo de sus deseos soberanistas aparece la izquierda abertzale como sumando para el más allá del Estatuto. En el cálculo de sus expectativas electorales también aparece la izquierda abertzale, ilegalizada, como caladero del que extraer los votos precisos para que todo siga igual. Es decir, para que el tripartito de Ibarretxe obtenga una prórroga de otros cuatro años. Sólo los más perspicaces del nacionalismo parecen darse cuenta de que la izquierda abertzale representa ya un peso muerto. Pero tampoco son capaces de actuar con la presteza que exigiría su convencimiento, y van dando largas que otros, aún más renuentes al cambio, aprovechan para prolongar esto tan incalificable.
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