¿Vaya ovación emergió de la congregación en pleno cuando la terminó! Eric preguntó si nos sentíamos bien, la gente gritó yeah!, ya, y el hacha hechicero introdujo así el show: «¿Hay alguien al que guste el blues? (yeahhh!) ¿Hay alguien al que le guste el rock and roll? (yeahhhhhh!) ¿Pues habéis venido al sitio adecuado!». Y la fauna rugió, claro. Qué chulo, el Sardinas.
Efectista
En dos horas y cuarto de largo y entregado bolo («vamos a acabar a las 5 de la madrugada», temió Alfredo, el dandy de Indautxu, que consiguió la entrada en la radio), Eric Sardinas espoleó de diferentes maneras al personal: insistiendo en si Bilbao se sentía a gusto, bajando a tocar entre el público (al final, con el torso desnudo y mostrando los tatuajes sudados), cediendo espacio solista a sus secuaces y ejerciendo cual estrella del heavy metal virtuoso, circuito donde cuenta con tanto predicamento. Sí, Sardinas mamó el blues y lo ha llevado más allá sin miedo ni a los efectismos (qué pena, esta vez no pegó fuego a su instrumento) ni a la contaminación con estilos más modernos, tipo el hard rock, las prospecciones astrales de herencia hendrixiana, el rocanrol trotón o la onda motera guay.
Pero esto no significa que relegue al olvido su raíz blues, pues se rindió a sus ancestros en una revisión enfática, rocabilesca e increíble del clásico de Muddy Waters 'Can't Be Satisfied', otra guapa adaptación del 'Hellhound On My Trail' de Robert Johnson, un blues lento académico y el instrumental 'Texola', en plan SRV y dedicado a los clubes fronterizos (Texas-Oklahoma) donde toca y abreva.









