
Pero ahora nos encontramos con que nada está fuera de la posible crítica, nada se encuentra fuera de peligro, nada está a salvo de problemas y de escándalos. Y al Guggenheim también le ha tocado: su director de Administración y Finanzas, persona de plena confianza de la dirección, ha sido capaz de sustraer a lo largo de los años hasta casi medio millón de euros. En las próximas semanas se irán conociendo los detalles del desfalco: el modo de operar del individuo y las cuentas afectadas, las sociedades afectadas.
La primera reflexión es obligada y evidente: nadie está a salvo de las flaquezas de la naturaleza humana. En todas partes puede aparecer alguien a quien su propia manera de ser, las circunstancias, la facilidad de la situación o todo ello unido le lleva a cometer un robo de esta escala. El que suceda algo parecido no dice, a priori, nada acerca de la bondad del proyecto, ni de la bondad futura del Museo Guggenheim.
También es cierta la afirmación de que, si alguien quiere estafar, ningún control, por riguroso que sea, lo evitará, aunque al final lo ponga de manifiesto. No existe forma humana de evitar que los accidentes se produzcan, que algunos ciudadanos defrauden a Hacienda, que otros roben, que no pocos cometan delitos de todo tipo.
También es válido lo que afirma el director del Museo: cuando hay problemas es cuando no se puede dimitir, ni extraer consecuencias personales. Aunque ya en este nivel comenzamos a movernos en terreno más movedizo. El director de Adminsitración y Finanzas del Museo Guggenheim era persona de toda confianza del director general. Por lo menos la pregunta acerca de la capacidad de juicio del director general debe ser sometida a revisión. Un responsable político lo es de sus propios actos y de lo que hagan y dejen de hacer aquéllos en quienes deposita su confianza.
Pero, sobre todo, este tipo de situaciones debe servir para hacerse preguntas. Preguntas que no sólo están relacionadas estrictamente con lo sucedido, sino preguntas que van más allá del suceso y que se dirigen a la forma de funcionar del proyecto en su conjunto. Es conocida en la política española la frase 'morir de éxito'. Malo sería que el Guggenheim de Bilbao muriera de éxito. Y eso le puede suceder si los responsables, en primer lugar los responsables políticos, no aprovechan la situación para extraer conclusiones. Conclusiones que sólo se pueden extraer si son capaces de formularse algunas preguntas.
Las preguntas a responder no están en el ámbito de las decisiones personales. Son más cuestiones estructurales. Y la primera debe ser la que se refiere a si el Museo Guggenheim, en todo su éxito reconocido, está cumpliendo adecuadamente todo lo que se esperaba de él. Es indudable su función en la renovación urbana de Bilbao. Es indudable su fuerza como impulsor de la economía de Bilbao. Es indudable su simbolismo en la transformación de la estrcutura productiva de Bilbao. También es clara su función en el acercamiento del arte a la ciudadanía, en su función de mostrar lo mejor de la producción internacional a los visitantes del Museo, su función de mantener una presencia permanente de lo que ha dado el arte del siglo XX a nivel internacional a través de los fondos de la Fundación Guggenheim.
También han funcionado adecuadamente los programas pedagógicos. Pero quizá no sea suficiente. Quizá lo que ha sucedido ahora sirva para preguntarse si realmente el Museo Guggenheim de Bilbao está sirviendo como núcleo promotor de la capacidad creativa vasca, como meollo inspirador de nuevas creaciones, de nuevas tendencias, de eje del desarrollo artístico vasco.
Una segunda pregunta pudiera centrarse en si las instituciones vascas han desarrollado a fondo las posibilidades que les ofrece el contrato firmado en su día con la Fundación Guggenheim, o si, por el contrario, el éxito ha hecho que se dé por bueno un modelo de funcionamiento que no se corresponde del todo con el que es posible de la mano del contrato firmado en su día. Se puede preguntar si es suficiente, dentro de la programación anual, la presencia de los fondos propios de la Fundación Guggenheim, o si, por razones de financiación, la programación depende demasiado de exposiciones temporales con mecenas en detrimento de la colección permanente.
Quizá pudiera servir el momento para preguntarse si no sería bueno diferenciar la dirección del museo en una dirección gerencial más centrada en las cuestiones administrativas, financieras y económicas, y una dirección artística exclusivamente dedicada a cuestiones museísticas, ambas sometidas a las directrices de la Junta de Patronos de la Fundación Guggenheim de Bilbao.
Independientemente de que el desfalco tenga algo que ver con el secretismo que ha acompañado al funcionamiento de la Sociedad Tenedora, no son nuevas las críticas a este tipo de funcionamiento en todo lo que afecta a las compras de obras de arte y a los precios pagados por ellas. Esta ocasión debería servir también para repensar esa política de nula información y de falta de transparencia, porque los fondos empleados son fondos públicos que no pueden quedar fuera de la obligación de rendición de cuentas.
Y en último término, aunque sea difícil hablar de estas cuestiones, cuando los equipos son de confianza, cuando se trata de equipos conformados básicamente a partir de la confianza personal, cuando los equipos corren el riesgo de ser equipos cerrados, donde todos confían mutuamente, no hay lugar para las reservas, ni para las dudas, los controles se hacen más difíciles, los cuestionamientos internos brillan por su ausencia, y en lugar de criterios estrictamente profesionales pueden empezar a valer más los criterios de las relaciones personales.
Aunque sea un tópico, no hay mal que por bien no venga. Después de la celebración eufórica de los diez años de funcionamiento del Museo Guggenheim de Bilbao, este borrón puede ser la ocasión de una renovación que asegure que el éxito va a continuar al menos otros diez años.







