
Los tonos anaranjados, rojizos y amarillentos tiñen la tierra bajo la escombrera. Es agua contaminada procedente de la escombrera de la mina, que se filtra al arroyo de Los Frailes, de ahí al río Agrio, que a su vez vierte al Guadiamar, que pasa por la zona de recarga del acuífero 27, que suministra agua al Parque Nacional de Doñana. Esa agua contiene cinc, arsénico, cobre, níquel y aluminio, explica Isidoro Albarreal, de Ecologistas en Acción, y aunque los niveles son más bajos -entre otras cosas porque la restauración que se ha hecho del Guadiamar ha permitido que el propio río actúa de filtro-, la contaminación sigue entrando en Doñana.
Polución en cadena
Niveles más bajos no significa que estén permitidos. Según Albarreal, muestras recogidas bajo la escombrera el mes pasado arrojan unos valores 50.000 veces superiores a lo permitido en cobre; 300 veces en arsénico; 6.400 veces en cinc y 1.150 en níquel.
Pero no es la única amenaza que permanece pasado un decenio desde el desastre. La Corta de Los Frailes, la segunda que explotó la empresa sueca Boliden propietaria de la mina, fue el destino de los lodos tóxicos recogidos en la cuenca del Guadiamar tras el vertido, y allí siguen, junto a todos los residuos que van apareciendo. El agua se bombea, pasar por una depuradora y de ahí va al arroyo Agrio, y de ahí hasta Doñana y el Guadalquivir.
Bajo la balsa se esconden aún 20 millones de metros cúbicos de lodos, los que gracias a la rápida actuación para cerrar la grieta no lograron escapar aquella aciaga madrugada del 25 de abril de 1998. Pero esta balsa también tiene filtraciones.







