En un principio se creyó que la banda estaba formada por cuatro jóvenes que bordeaban la mayoría de edad. Después, hemos ido viendo que son más, una especie de franquicia delictiva juvenil que lo mismo entraba en un banco rompiendo los cristales con adoquines que irrumpía en las gasolineras mediante el sutil método del 'alunizaje'. Lo más preocupante era que la violencia empleada iba en aumento. En enero de este año usaban armas blancas y en marzo ya andaban poniendo pistolas en la cabeza del personal. Mala cosa. No habría sido extraño que alguien hubiese terminado haciéndose daño.
Al presunto jefe de la banda le cazaron el pasado miércoles. Se ocultaba junto a uno de sus compinches en una furgoneta estacionada en las afueras de Sestao. Parece que el capo responde por 'Maikel', que viene a ser una mezcla lumpen entre Mikel y Michael. Tiene diecinueve años, un par de folios de antecedentes penales y su apodo tatuado en una mano. Suponemos que, antes de dar un golpe, además de una capucha, se pondría un guante. Tampoco es cuestión, en fin, de entrar a robar entregando tarjetas de visita.
La banda de las gasolineras está ya a buen recaudo y los trabajadores de las estaciones de servicio respiran más tranquilos. Una vez fuera de la circulación, a los atracadores cachorros sólo les queda confiar en la destreza de sus abogados y tal vez paladear su efímera gloria local. Durante unas semanas, sembraron la inquietud en la margen derecha y tuvieron un hueco en las páginas de sucesos. No es gran cosa, pero algunos delincuentes valoran mucho la repercusión mediática de sus actos. Será que los demás somos muy susceptibles, pero por lo general Billy el Niño deja de caernos simpático en el mismo momento en que lo tenemos delante y nos encañona.




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