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ÁLAVA
«¿Esto es un colador!»
Los agricultores afectados por el fiasco de la balsa de riego de Ullibarri Arrazua piden responsabilidades a los técnicos y a los políticos y una solución «porque es nuestro futuro»
20.04.08 -

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«¿Esto es un colador!»
CHARCA. Miguel Ruiz de Azúa, agricultor de Arrazua, junto al agua embalsada a pie de presa gracias a un manantial que nace en el embalse. / FOTOS: IGOR AIZPURU
Cuenta Miguel Ruiz de Azúa, 60 años, agricultor de Ullíbarri Arrazua, que un día de verano mientras almorzaba en un descanso de su faena junto al pequeño río que se forma debajo de los diques de la presa de regadío oyó un gran ruido y vio con asombro cómo subía el nivel de las aguas de una forma vertiginosa. Como era un día de sol radiante sin una nube, Miguel se puso a pensar qué originaba aquel extraño fenómeno y le vino a la mente que aquel mes hacían pruebas de relleno en el embalse de Ullíbarri Arrazua, que ocupa una extensión de 50 hectáreas y puede almacenar 7 hectómetros cúbicos. «Ese día me caí del burro. Comprendí que iba a ser difícil que la presa, a pesar de lo bien hecha que está, contuviera el agua», señala el agricultor, que también fue pastor de ovejas durante algunos años y conoce el terreno como la palma de la mano. «A nosotros nadie nos preguntó Y a los obreros les oímos decir: pero ¿a quién se le ha ocurrido hacer una presa aquí?».

«Engañados», «decepcionados», «desilusionados». Mientras los partidos políticos comienzan a tirarse los trastos y a culparse mutuamente, pocas veces la unanimidad de un sector como el agrícola es tan rotunda. Era lo que le faltaba a un grupo humano que desaparece como un azucarillo en un café. El pesimismo ha infectado gravemente a varias generaciones de labradores alaveses.Y lo ocurrido con la balsa de riego de Ullíbarri Arrazua, seca como una cantera después de 13 años y 30 millones de euros de gasto, es otra herida profunda. «Es un desastre y hay que pedir responsabilidades. En primer lugar, a los técnicos, por elegir ese sitio. Y luego a los políticos que han gobernado por permitirlo y a los de la oposición por mirar a otro lado. Hemos perdido concesiones antiguas por culpa de esto. Nos han engañado», protesta Arturo González de Durana, de Zurbano, uno de los pocos que pone cara y nombre a este inmenso cabreo. A sus exigencias, se une Félix Sáez de Eguilaz, uno de los terratenientes no agricultores que también ha invertido en la construcción del regadío Noryeste.

Un asunto que quema

El asunto quema tanto que muchos han optado por la cautela o la distancia. La junta de regantes que ha seguido el desarrollo de las cosas ha sido desde hace tiempo, cuando se descubrió que no se retenía agua, un hervidero de enfrentamientos y dimisiones «porque nunca han estado las cosas claras», comenta un ex miembro de esa junta.

Las plantas de remolacha buscan el sol en la finca de cuatro hectáreas que Eduardo Beitia cultiva junto a la N-1, también cerca de Zurbano. Con mascarilla y guantes conduce un tractor que distribuye el herbicida, imprescindible tras las lluvias de abril. El riego en verano, posiblemente a partir de julio, está asegurado como en los últimos tres años con agua excedente del sistema Zadorra y la red de distribución que sí está hecha. «Nos la dan cuando quieren y gracias. La pagamos muy cara, a 18 pesetas el metro cúbico mientras los demás la pagan a 3, así que nosotros pedimos que se arregle el embalse porque nos jugamos el futuro. Sin agua no hay agricultura posible», exclama.

Beitia, igual que González de Durana, ha sufrido estos días al ver cómo el agua de las presas de Ullíbarri y de Urrúnaga se ha desembalsado para evitar inundaciones, mientras su pantano sigue vacío. «Con lo que han tirado en día y medio, llenábamos el de Arrazua. Que Diputación y Gobierno vasco actúen. Es su responsabilidad», pide

A sus 57 años, Antonio Fernández de Larrea mira con estupor lo que ocurre. Comparte con un hermano la labranza que tienen en las «mejores» tierras de La Llanada, las de Junguitu -eso dicen los de Zurbano-. En una gran nave guarda cientos de tubos de aluminio de seis metros que le permitirán regar más de 20 hectáreas. Le gustaría, como a otros mil agricultores y propietarios de fincas, que ese riego viniera de la balsa de Arrazua, pero de momento, es un vaso vacío. «Hay que hacer algo. Lo que no podemos es quedarnos sin regadío ¿Y las inversiones? ¿Y nuestro futuro?», se pregunta el labrador.

Dos grandes simas, «que acojonan», dice otro agricultor, tapadas para que el ganado no se caiga en ellas pueden verse en una rápida visita al embalse, una zona de rocas calizas con karst que para cualquier estudiante de geología es área no recomendable para presas, salvo que alquien se quiera gastar una millonada en impermeabilizarla con inyecciones de hormigón u otros sistemas. Uno de los agujeros está junto al mojón 308 de la jurisdicción de Vitoria. El embalse comparte a partes iguales tierras comunales de la capital y de Arrazua-Ubarrundia. Con las últimas lluvias han vuelto a revivir al menos tres manantiales. El más importante se llama Zango y además de dar de beber a los caballos se ha transformado en un riachuelo que desemboca en una gran charca junto al dique Este. «Esa fuente mana hasta San Pedro, así que si llueve como en esta primavera la presa debería retener el agua, pero no lo hace», suelta Miguel.

Los afectados que callan su nombre gritan «esto es un colador» y quieren que alguien pague el desaguisado que se mantiene con promesas y con culpas a Madrid por no aprobar el plan de emergencia. Todas las miradas apuntan a Julio López, el ingeniero que diseñó la balsa y que la defiende como «una referencia internacional» por reutilizar aguas residuales de Crispijana, según las palabras que utilizó ante las Juntas Generales.

Hace años las balsas de Lagrán y Heredia tuvieron este tipo de problemas y las volvieron a hacer. Pero Arrazua es más que una balsa. Lo más doloroso para todos es que el escándalo ha acabado con la fe en el futuro de muchos agricultores. Hay quien habla de una generación perdida.
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