Los que pensábamos que Europa estaba cerca, la vemos ahora en las antípodas, y miramos por el retrovisor hacia África, que nos abraza. Lo peor de enamorarse no es que te den calabazas, sino que el corazón sufre un gasto, y si se abusa de los sentimientos, a uno se le va formando un caparazón, y acaba al de un tiempo con más conchas que un galápago. Lo que no mata te endurece. Y lo cierto es que, el otro día, los aficionados no se llevaron una decepción, porque se están haciendo impermeables ante este tipo de situaciones, que se repiten con una periodicidad que si debiera preocuparnos.
Clasificación aseada
Así y todo, estamos deseosos de volver a entusiasmarnos, porque si algo tiene el fútbol, es que nunca se guarda rencor al equipo que quieres. Algún año de estos me gustaría llevar una vida placida, serena y con sentido del humor, como la de aquel memorable irlandés de la película de John Ford.
Nuestros próximos rivales no son peritas en dulce, ningún partido será almibarado, pero lo que deseamos es que de esa macedonia salga una clasificación aseada. Tengo un gran problema con mi alter ego. Es un pesado. Soy positivo cuando los demás lo ven negro, y me torno negativo al pensar que la felicidad ajena no esta suficientemente razonada. Es elegante hacer el pasillo al campeón de copa, pero no les enseñemos toda la casa, que luego se nos meten hasta la cocina. Sabemos que este peculiar mundo del fútbol funciona como un tren de largo recorrido, cada estación es un misterio, pero debiéramos tener al menos claro cuál es nuestra meta. Sin metas nos hay paraíso.








