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LA CARRERA HACIA LA CASA BLANCA
Votar por la chica del pueblo
Pensilvania guarda las raíces de Hillary Clinton y puede ser la clave de su resurrección

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Votar por la chica del pueblo
JÓVENES PADRES. Hillary y Bill Clinton muestran a su hija recién nacida durante una convención demócrata. / REUTERS
Primero era de Chicago, luego de Arkansas, después de Nueva York. Cuando el mes pasado Hillary Clinton resucitó sus raíces de Pensilvania, la opinión pública se burló de ella. Lo de las «raíces profundas» ya lo habían oído también en Texas. Donde no chirrió fue en Scranton. Hacía más de treinta años que presumían de Hillary Rodham Clinton como su hija favorita. «El primer día que vino a hacer campaña fue como si Dios bajase de los cielos y se paseara entre nosotros», recuerda aún impresionado Borys Krawczeniuk, especialista político del diario local 'The Times Tribune'. «La gente ya hablaba de ella con orgullo cuando su marido era gobernador de Arkansas, imagínate ahora».

Un vistazo a los archivos de ese día de marzo en el que Clinton abrió la campaña de Pensilvania le da la razón. «La muchedumbre de 3.500 personas se volvió loca al verla», recogió 'The New York Times', «y todavía más cuando les dijo que volvería el sábado para el desfile de San Patricio». El patrón de los irlandeses es el otro dios de esta ciudad de 70.000 habitantes al noroeste de Pensilvania, donde se afincaron los abuelos de Hillary hace más de un siglo.

Pasadas las primeras disputas, irlandeses, italianos y alemanes se dieron cuenta de que estaban en el mismo barco y se casaron entre ellos. Esa mezcla de europeos emigrados a América les ha hecho verse a sí mismos como gente tolerante, aunque no les hace precisamente diversos. Es fácil recorrer la ciudad y sus alrededores sin tropezarse con un afroamericano. Y si hay latinos, deben estar escondidos en las cocinas o en las fábricas.

El forastero llama tanto la atención que la gente se vuelve a mirar con descaro y responde con aire huraño. Toda esa desconfianza se transforma en abrumadora hospitalidad cuando es introducido por algún miembro de la comunidad, como le ha pasado a Barack Obama de la mano del senador Bob Casey, otro hijo de Scranton que encarna la realeza política de Pensilvania. En consideración a él incluso los leales de Clinton, como Evie Rafalko McNulty, que se presenta con ella a delegada, le invitó a dar una charla ante la Sociedad de Mujeres Irlandesas, pero se escabulló delicadamente a la hora de la foto. «Me hubiera sentido una hipócrita», confesó.

«Preciosa e inteligente»

Muchos en Scranton pueden contar anécdotas personales que incluyen a la mujer por la que votarán el martes con fe ciega. Hazel Price fue la vecina de sus abuelos. Su hija jugaba con la pequeña Hillary cada vez que venía a pasar las vacaciones de verano y Navidad. «Era una niña preciosa y muy inteligente», recuerda. «Siempre estaba leyendo libros. Tenía una memoria extraordinaria. Bastaba decirle algo una vez para que lo recordara para siempre. No tenías que explicarle las reglas de un juego dos veces, pero siempre te ponía en aprietos con sus preguntas». Para ella las raíces de Hillary en Pensilvania son «extremadamente importantes» a la hora de votar. «Tienes que apoyar a la chica del pueblo, a tus amigos, a tu familia y a la gente cercana. Además, ella nunca se olvidó de sus raíces. Sigue viniendo dos veces al año y va a la misma pequeña iglesia en que se bautizó».

Entre los hermanos Rodham nadie se ha atrevido a traicionar la voluntad de su padre, Hugh, que abandonó Scranton para montar un negocio textil en Chicago, pero volvió para bautizar a todos sus hijos y está enterrado aquí. La propia Hillary asiste invariablemente a cada bautizo, el último el de su sobrina en mayo pasado. En la avenida Diamond todos los que le conocieron recuerdan la mano recia con la que crió a sus hijos este conservador convencido de que no votó por un demócrata en su vida hasta que su hija se casó con Bill Clinton. «Era especialmente duro con la educación», recuerda la vecina. «Cuando Hillary volvía de la escuela con todo sobresalientes aún la preguntaba si no podía haberlo hecho mejor. Creo que creció con unas cuantas reglas más que el resto de los niños y aprendió a esconder sus sentimientos».

En esta comarca de pueblos pintorescos con tejados a dos aguas y torres de piedra aprendió la pequeña Hillary a disparar un arma, a montar a caballo, a nadar y a jugar a las cartas, frente a las aguas serenas del lago Winola, escuchando los relatos de la princesa india que le da nombre. Su primer anuncio en Pensilvania rescataba sus imágenes en blanco y negro con no más de dos años en la casa del lago que aún posee la familia. «Me crié en el sueño americano jugando al pinacle», decía en off. «¿Es que el pinacle es particularmente popular en Pensilvania? ¿O es que su estratega Mark Penn (ya dimitido) ha hecho una encuesta sobre ello?», se burló sorprendido el columnista Gail Collins en las páginas del 'The New York Times'.

Por una vez, la política fría y calculadora hablaba con el corazón. Detrás de esas reminiscencias infantiles está su pasado más auténtico. El pinacle, un juego de cartas que trajeron los alemanes, no es particularmente conocido, pero quienes han pasado su vida en Scranton recuerdan el club de este entretenimiento al que pertenecía el abuelo de Hillary. «Se anunciaban las partidas en el periódico y se celebraban en alguna casa», cuenta Thomas Tell. Su familia posee la casa en la esquina de la avenida Diamond desde 1989. «Hillary Clinton, restaurando el orgullo de Scranton. ¿Bienvenida a tu antiguo barrio!», dice el cartel de la fachada.

«Una de nosotros»

«Es una de nosotros, será una buena presidente. Conocemos a su padre, a su abuelo y a toda su familia. Es gente honesta y trabajadora», afirma Tell. Esta opinión está tan extendida en la comarca que incluso los que no la conocen directamente hablan de votar «a la chica del pueblo», como la llama Paul Vidriere, un mecánico retirado de maquinaria industrial que representa a la perfección el desgastado tejido industrial de la zona. «La decisión es fácil. Bill Clinton fue un buen presidente, con él todo nos fue bien. No hubo guerras y la Bolsa batió récords. Si puedes tener dos buenos coches por el precio de uno, porque te vas a quedar con uno que ni siquiera sabes cómo te va a salir».

A su lado Tom Becker, uno de los industriales para los que trabajaba antes de que cerrara la fábrica, hace ya treinta años planea un viaje a la tierra de sus ancestros italianos. «Y como no gane Hillary me quedo allí», amenaza. Vidriere es aún más radical: «Si gana Obama voto por McCain».

En ninguna otra parte del país ha encontrado Hillary un terreno más fértil que éste para plantar su campaña. Pensilvania, mayoritariamente obrera y católica, tiene la mayor población de jubilados de Estados Unidos después de Florida. Un radiografía exacta de su base electoral. El último gran estado que queda en juego es también una apuesta a vida o muerte para la candidata, que ha erosionado diez puntos en un mes. Si Hillary gana el martes, seguirá en la competición. Si pierde, se le habrá acabado el oxígeno, aunque no tire la toalla hasta el final.
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