
El mensaje del discurso estaba claro. La clase empresarial vizcaína no sólo exigía apoyo económico del Estado para reactivar la economía, sino una clara, tajante y decidida política proteccionista que cortara cualquier intento de injerencia extranjera. Ni que decir tiene que Primo de Rivera se dio por enterado. No era para menos ante semejante rapapolvo.
Falta de imaginación
Pero, ¿qué había sucedido en Vizcaya para que se reclamase desesperadamente el apoyo del Estado? ¿A qué se debía la crisis a la que se hacía referencia? Durante el primer tercio de la década de los veinte, España entera se vio sumida en una profunda recesión. Tras los buenos años de la Guerra Mundial en los que las industrias nacionales poco más que conocieron las glorias de Jauja, se produjo una contracción de los principales mercados internacionales. Obviamente una de las más afectadas fue la economía vizcaína, sustentada sobre el poderío industrial de la ría. Pero si hubo un sector en el que la recesión se cebó de un modo más cruel, ése fue el de la industria naval. Si hasta ese momento las principales industrias del sector habían hecho el agosto al asumir buena parte de la responsabilidad del transporte marítimo, condicionado por la actividad bélica, a comienzos de la década de los años veinte sufrió una desaceleración alarmante.
La depresión del comercio mundial, la baja del mercado de fletes, el atraque forzado de un buen número de barcos, la casi paralización de la actividad en los astilleros y los conflictos laborales subsiguientes fueron los eslabones de una cadena que evidenciaba la recesión económica que amenazaba con pulverizar la potente y febril actividad de la ría y, como consecuencia, de toda Vizcaya. Pero lo peor no fue eso. Lo más escandaloso fue la falta de imaginación y recursos de una clase política empujada por la inercia de los acontecimientos e incapaz de aportar soluciones a los problemas. De ahí que, cuando el 23 de septiembre de 1923 el general Primo de Rivera se hizo con el poder mediante un golpe de Estado, con la complicidad de S.M. el rey Alfonso XIII, los empresarios vizcaínos saludaron el hecho con alegría y esperanza. Mano dura e imaginación. Eso era lo que hacía falta.
Uno de los aspectos considerados urgentes era la modernización del Puerto y de la ría de Bilbao. Era necesario acometer profundas reformas que dotaran a todo el eje fluvial del Nervión de los elementos necesarios para mejorar la navegabilidad y agilizar las labores de carga y descarga. Uno de los proyectos, posiblemente el más ambicioso en aquella década, fue la construcción de un canal en la vega de Deusto. La idea surgió de la Junta de Obras del Puerto y en 1929 quedó reflejada en el 'Proyecto de Extensión Urbana de la I. Villa de Bilbao con las anexiones de Begoña, Deusto y parte de Erandio'.
Las razones de abrir un canal que se apuntan en el informe fueron las mismas que, en su día, expuso la Junta de Obras del Puerto: mejorar el servicio marítimo y comercial de la ría. La propia Cámara de Comercio de Bilbao también juzgó el proyecto como muy interesante por lo que recomendó que se prestase todo el apoyo necesario, tanto a las instituciones privadas como a las públicas. «También se acordó realizar en su día todas aquellas gestiones que se estimen convenientes para la rápida tramitación de los oportunos expedientes y autorizaciones». Sin embargo, si de algo careció este proyecto fue, precisamente, de urgencia. Todo en él estuvo marcado por un ritmo cansino totalmente opuesto a lo mucho que se podía ganar con su rápida construcción, ya que lo que se pretendía con el canal era eliminar las dificultades que para los buques de cierto tonelaje entrañaba la curva de Olabeaga y crear nuevas zonas comerciales de mayor calado que el que, por entonces, ofrecía la ría en Deusto.
Carga y descarga
El primer paso -culminado poco antes de 1936- fue la adquisición de terrenos, que supuso un desembolso de ocho millones de pesetas. El 22 de abril de 1936, se aprobó un proyecto de obra parcial del canal -sólo comprendía la apertura del tramo central-, cuyo importe ascendía a casi 25 millones. Desgraciadamente, la Guerra Civil detuvo las obras y la idea de construir un canal en Deusto se quedó «dormida» durante más de un cuarto de siglo.
A finales de 1948 se redactó un nuevo proyecto que establecía dos fases de ejecución y que fue aprobado en mayo de 1949. Las obras de la primera fase comenzaron el 11 de agosto de 1950. Un año más tarde se dio inicio a las de la segunda. «La obra consistía en la apertura de un canal con un corte total de aguas debajo de Euskalduna -señala Iñaki Uriarte en su artículo 'La Ría y el Canal de Deustu'-, hasta la vuelta de Elorrieta, de 100 metros de anchura y 130 en la curva de amplio radio con la que se iniciaba, creándose dos márgenes de 2.936 metros en la izquierda y 2.409 en la derecha con un calado de 7 metros por debajo de la bajamar equinoccial». De esta forma surgieron dos amplios muelles que ayudaron a descongestionar el tráfico fluvial de la ría al mismo tiempo que mejoraron las labores de carga y descarga. En agosto de 1968, entró en funcionamiento.
El canal de Deusto se mantuvo en activo hasta el 7 de febrero de 2006. Sólo 38 años para una obra que tardó mucho más tiempo en proyectarse, financiarse y ejecutarse.









