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Tiendas sin mostrador
20.04.08 -

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Antes las tiendas tenían largos mostradores. Los dependientes despachaban desde el otro lado. Los parroquianos pedían la vez. Había una tienda para cada cosa, y tiendas que parecían contener todas las cosas, ruedas de arenques, legumbres o licores a granel, galletas de surtido, azadas, cañas de pescar Al fondo, en los almacenes, se vislumbraban sombríos apilamientos de patatas, sacos de harina, zafras de aceite Algunos de aquellos colmados se mantienen gracias a la especialización. Si están en el centro, venden productos de calidad a precios altos, y los de la periferia sobreviven con los olvidos de los vecinos, que encargan el pedido de la semana en los supermercados.

Ese mercado de los olvidos va siendo ocupado por insondables bazares chinos de guardia permanente. Lo tienen peor las tiendas de ropa o calzado de las afueras. En Bilbao se han cerrado casi trescientas en el último año. Los clientes no se quedan en el pueblo o en el barrio para esas compras. Se desplazan al centro o a las grandes superficies, porque hay más donde elegir y pueden echar la mañana o la tarde.

Los largos mostradores antiguos tenían efectos intimidatorios. Había que tener mucho carácter para seguir diciendo que no a la sexta o séptima camisa delicadamente desplegada sobre el mostrador, para irse de la tienda sin comprar. Aquellos atildados dependientes, árbitros de la elegancia, que hablaban con diminutivos y se movían con ademanes de sastre, leales al paño y atentos con el cliente, han sido sustituidos por distantes chicas monas que no miran a los hombres o las mujeres invisibles.

Las tiendas y los clientes se han sometido a la servidumbre de las marcas y las franquicias. La clave del negocio está en la distribución y la gestión de stocks. Ni siquiera los libreros son ya aquellos directores espirituales que callaban por prudencia si comprabas un mal libro o premiaban con una misteriosa sonrisa si elegías a Lezama Lima, como si Lezama Lima fueran ellos. Ahora los libros se venden en pilas, como las patatas de antaño. Se venden solos, de manera redundante, los libros más vendidos.
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