Ese mercado de los olvidos va siendo ocupado por insondables bazares chinos de guardia permanente. Lo tienen peor las tiendas de ropa o calzado de las afueras. En Bilbao se han cerrado casi trescientas en el último año. Los clientes no se quedan en el pueblo o en el barrio para esas compras. Se desplazan al centro o a las grandes superficies, porque hay más donde elegir y pueden echar la mañana o la tarde.
Los largos mostradores antiguos tenían efectos intimidatorios. Había que tener mucho carácter para seguir diciendo que no a la sexta o séptima camisa delicadamente desplegada sobre el mostrador, para irse de la tienda sin comprar. Aquellos atildados dependientes, árbitros de la elegancia, que hablaban con diminutivos y se movían con ademanes de sastre, leales al paño y atentos con el cliente, han sido sustituidos por distantes chicas monas que no miran a los hombres o las mujeres invisibles.
Las tiendas y los clientes se han sometido a la servidumbre de las marcas y las franquicias. La clave del negocio está en la distribución y la gestión de stocks. Ni siquiera los libreros son ya aquellos directores espirituales que callaban por prudencia si comprabas un mal libro o premiaban con una misteriosa sonrisa si elegías a Lezama Lima, como si Lezama Lima fueran ellos. Ahora los libros se venden en pilas, como las patatas de antaño. Se venden solos, de manera redundante, los libros más vendidos.




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