
Paquita, de 98 años, y sus amigos -Ángeles, Maite y José, todos ellos octogenarios- realizan a diario este peregrinaje hasta el establecimiento desde hace «un montón de años». No se ven con ánimos de hacer la compra y preparar la comida. Aunque están bien de salud -se les ve en forma, primorosamente arreglados y están al quite para hacerse bromas unos a otros- han llegado a la conclusión de que con el menú del día se ahorran fatigas y, sobre todo, tiempo, un bien al que quieren sacar el mayor provecho posible. «Por siete euros comes de maravilla, variado y mucha cantidad. Económicamente sale bien, porque si vas tú a la tienda a por cosas te gastas una barbaridad, que la vida está muy cara», justifica Ángeles, que como broche final a su comida toma con avidez un combinado de kiwi y refresco de lo más discotequero. «No tiene alcohol, ¿eh?», se apresura a aclarar. Su amiga Paquita, que ha optado por tomar ese bebedizo verde fluorescente en formato 'chupito', asiente con solemnidad. En ese momento, pasa el encargado del restaurante por allí, Pedro Torrijos, y deja sobre la mesa unos cafés y una confidencia que hace estallar a los comensales en pícaras carcajadas, más propias de un internado que de una mesa de personas que en conjunto suman más de 350 años: «Ahora se hace la buena, pero a veces se toma un escocés después de comer».
Estas bromas y «el trato familiar» son la principal baza del negocio, que da de comer cada día a más de una veintena de personas mayores. «Lo mismo te pone unas alubias que un chiste», agradece Ángeles, muy dicharachera. José, más tímido, también le reconoce esta virtud. «Es muy triste comer solo, yo soy viudo y aquí estoy con gente del barrio ¿Y los días que sé que hay paella vengo la mar de contento!», proclama. Otros, como Julián, se vuelven locos por los postres caseros. «Pues igual no me conviene, pero qué le voy a hacer si soy goloso», admite sin ningún propósito de enmienda.
En lo que todos coinciden es en destacar que ir allí todos los días es una buena manera de matar el hambre sin que la soledad les devore en sus casas. Por eso, centros de pensionistas de toda la villa y restaurantes de barrio dan de comer a cientos de personas mayores. En la sede de jubilados de Larraskitu, por ejemplo, también hay «decenas» de habituales. Como Fernando y Domingo, dos amigos de 65 y 77 años que comparten mesa desde hace tiempo. «¿Dios nos libre de cocinar en casa!», coinciden en afirmar entre bocado y bocado de macarrones.
En Santutxu, el restaurante 'Bruselas' también recibe a muchos jubilados a la hora de comer. «Están a gusto porque les conocemos», comenta Marta, una de las empleadas, que lleva 20 años en el establecimiento. Después de ese tiempo, ya se conoce al dedillo las preferencias culinarias de unos y otros y también otras cosas ajenas a la gastronomía, como a quién hay que cantarle el menú más alto porque está un poco sordo, si a alguno no le rige la cabeza del todo bien «Si esto es como de andar por casa», apunta. Manuel y Carmen, dos amigos de 79 y 66 años, así lo sienten. Él proclama su condición de separado a los cuatro vientos y muestra su tarjeta de la tensión -con niveles óptimos- con el mismo orgullo que si fuese una medalla al mérito. «Estoy solo y puedo comer lo que quiero pues vengo aquí», aclara. «Es que no sabe guisar. Y yo sí, pero aquí te dan muy buena comida y prefiero venir y no hacer esfuerzos», dice Carmen mientras levanta una muleta.
Comida a domicilio
Además de la opción de los menús del día -que no es asequible para los que cobran las pensiones más bajas-, en algunas ciudades los ayuntamientos han puesto en marcha servicios de comida a domicilio para mayores a precios muy asequibles, de 2 o 3 euros. De esta manera tratan de mejorar la calidad de vida de este colectivo y de alargar su estancia en casa el mayor tiempo posible, porque muchos empiezan por comer menos de lo debido -la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología calcula que un 20% de los ancianos españoles que viven solos sufre problemas de desnutrición- y terminan ingresando en una residencia cuando el cuerpo se resiente. Sin embargo, en Bilbao, donde hay más de 76.000 personas mayores de 65 años y se prevé alcanzar las 90.000 en menos de una década, no existe este servicio, si bien el Consistorio afirma «estar muy interesado en ello y estudiando diferentes propuestas y fórmulas». De hecho, el pasado mes de febrero el pleno municipal aprobó una propuesta del PP para implantarlo. «Esperemos que ahora impulsen esta iniciativa, que ya aceptaron hace dos años y de la que aún no hemos tenido noticias», señala la portavoz suplente del partido, Cristina Ruiz Bujedo.
Sabin Ipiña, presidente de la asociación de jubilados y pensionistas de Vizcaya, también vería «con buenos ojos» la puesta en marcha del catering para mayores. «Ahora se encargan de esa tarea muchas empleadas de ayuda a domicilio, pero el tiempo que dedican a hacer la compra y cocinar no pueden invertirlo en otras cosas. En otros lugares donde existe, la gente está muy satisfecha de este servicio». Aunque lo cierto es que a los jubilados que van a bares bilbaínos a tomar el menú del día esta medida les sueña a a ciencia ficción -«¿hay eso en otras ciudades?», preguntan con recelo- admiten que «está bien». Eso sí, ellos, «mientras se pueda» -una coletilla que repiten sin dramatismos y con espíritu casi revolucionario- prefieren no comer solos por mucho que se lo lleven a casa. Porque, de momento, no hay catering para ancianos que incluya el chupito de kiwi y los chistes.




Los conciertos: 






