
Hasta esa maldita media hora, el iurbentia compitió de igual a igual con el Pamesa. Superó la histeria atacante de un primer cuarto en el que los de casa pusieron la equis a seis metros y medio de la perpendicular de la canasta, desde donde Williams, Milojevic y House perforaron el saco de las ilusiones vizcaínas. Cinco triples y dos canastas de dos para los levantinos. El rebote ofensivo, las faltas sacadas, los argumentos de juego, eran para los de Vidorreta.
Pudieron cerrar el capítulo con algo bastante mejor que el 19-20. No faltaron las oportunidades. Pero surgió un déficit de tranquilidad, para nada ajeno a este equipo todo corazón. El exceso en las revoluciones turbó la claridad de ideas. Sobre todo al contragolpe, cuando los de La Casilla podían explotar su velocidad tras robos de balón. Pases imperfectos, recepciones con manos blandas, algunos rebotes capturados, pero no protegidos. Una lástima. Lo mismo que en el segundo cuarto. Opciones para encaminarse hacia el éxtasis, hasta la confirmación matemática de la plaza de 'play-off'. Podía ser el gran día, pero algo fallaba, faltaba, quizá, creer en ello sin fisuras, sin pliegues.
Canasta para la historia
Con equilibrio al descanso (35-35), el optimista calibraba las posibilidades de los vizcaínos tras capear el temporal y amarrar mejor sus naves. El pesimista, que los hay, echaba de menos la pólvora malgastada y barruntaba problemas para la reanudación. El positivista imaginaba un panorama más incisivo si Quincy Lewis entraba de una vez en ataque en acción. El que negro todo lo intuye, palidecía ante la facilidad mostrada por el Pamesa desde la línea de tres.
La solución al dilema se retrasó. El tercer acto deambuló más o menos por las mismas coordenadas. La meta estaba al alcance del pecho iurbentino, pero la actividad se ralentizaba hasta parecer inalcanzable la meta. Ante tal lasitud, 'la Fonteta' procedió a calmar la sed de los suyos. Testimoniales visitantes de la línea de castigo, comenzaron a enriquecer en adelante su aportación con siete tiros libres y el despertar de Ruben Douglas. Por contra, se sucedían los tiros al aire, lejos de cualquier marca de la diana, que compartieron lapso con el triple de Javi Salgado que pasará a la historia como autor del punto 10.000 del Bilbao Basket en la ACB. 56-50 como colofón y un triple de Oliver en la primera escena del desenlace que aumentó el daño con un parcial de 10-0.
Y se armó el lío. Un golpe fortuito de Douglas a Marcelo Huertas acabó como sentencia precipitada del choque. Cortés, pedazo de mal árbitro y tercero en el elenco -lastimosa la desidia de los principales para dejar a los menos cualificados que se metan en fregados- convirtió el dedo del de Pasadena en el ojo del paulista en una técnica por fingir. Hasta se había disculpado el norteamericano. El colegiado la pifió y destapó la caja de Pandora del brasileño que, fuera de sí, protestó sin cesar y con capacidad de destrucción masiva la injusta sanción. Segunda técnica, ésta de Llamazares. Cuatro tiros libres para el infractor, Douglas, y final anticipado de lo que posiblemente hubiera sucedido de igual modo. El Pamesa había reaccionado un poco antes, lo justo para que ese postrero golpe de aire le permitiera una empopada hacia la quinta plaza que ya asume, como mínimo, en propiedad.
El iurbentia se quedó, así, con las ganas de regresar con el certificado de calidad bajo el brazo. Lo sellará, debe hacerlo, el próximo domingo (12.30) en La Casilla frente al Ricoh Manresa. Aunque le siga quedando munición en la recámara, el Bilbao Basket espera unirse con su afición para que lo bien compartido mejor sepa. Al fin y al cabo, La Casilla ha sido un templo festivo en esta gran temporada. «Y lo seguirá siendo, tranquilidad», sonó una voz entre la expedición vizcaína camino de la escalerilla del avión.






