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Soraya
21.04.08 -

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A uno el estrellato mediático de la pepera Soraya Sáenz de Santamaría le pone nostálgico y le recuerda a su adolescencia. ¿Cuántos años hacía que no oía ese colorista y cascabelero nombre perdido en algún verano lejanísimo y envuelto en el celofán de la década de los sesenta? ¿Quién a estas alturas se llama ya Soraya excepto la pizpireta y rabisalsera portavoz parlamentaria de Rajoy? Soraya es nombre de pija antigua, de estrecha del desarrollismo. Soraya solía llamarse la guapa de la pandilla, la eterna y mitológica guapa de las pandillas de antes, de los guateques de la Dictadura, que solía ser siempre la hija de algún constructor que había hecho dinerillo con la especulación inmobiliaria. Soraya era una flor artificial de las nacientes clases medias de la España franquista que buscaban para sus hijas y sus hijos nombres ajenos al santoral cristiano y extraídos del cine o las revistas del corazón que les sonaban a exóticos o cosmopolitas. Soraya fue una pionera de todas las Vanessas, las Tamaras y las Zairas, las Jennifer y Elisabeth y Sharon, las Janiras, las Yasminas y las Desireés que vinieron después para sustituir a las tradicionales vírgenes, a las Mari Cármenes y Mari Puris, las Asunciones o las Encarnaciones y que tuvieron sus paralelos masculinos en los Jonathan, los Joshua, los Brian, los Kevin , que a su vez reemplazaron a los José Antonios, los Ignacio Javieres y los Francisco Josés.

Soraya fue una colonizadora de las tierras patronímicas, una mártir de la moda y una santa laica del cuché. Soraya fue una heroína de aquella enanoburguesía española que veía reflejados sus sueños, antes que en la fonética autóctona, en las princesas y actrices de la época. La princesa Soraya se había casado con el Sha de Persia y las cuadrillas juveniles de aquel tiempo se llenaron enseguida de princesas de medio pelo, de reinas ofendidas, de majestades precarias del estío que reinaban brevemente en algún bar o una terraza o un barrio o un camping del veraneo, en los pubs o en los clubes de playa y cuyo inexorable destino, como el de la Soraya iraní, original y auténtica, no sería otro que el destronamiento.

Soraya no le dio hijos al Sha y el Sha repudió a Soraya. Y la buena mujer desapareció en las sombras de la desgracia como sus tocayas se perdieron también con la pobre luz de su época, como todas las guapas de aquellas pandillas vivieron la ruina de sus padres cuando el negocio de la construcción quebró en España. Y ahora, al cabo de los siglos y las eras geológicas vuelve ese nombre del pasado investido de la aureola de la renovación. Y vuelve en el momento de la crisis inmobiliaria. Ironías de la vida. No sé si es un bueno o un mal augurio este regreso o esta regresión.
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