
La lucha libre es un mundo sencillo: hay buenos, malos, muy malos y malísimos. Y, la verdad, da gusto verles emplearse en la tarea. Todos saben que lo suyo es puro teatro, pero lo cierto es que se ganan el cocido con el sudor de sus puños y con sus colosales costaladas. En televisión no acaban de verse bien los moratones y rojeces con que acaban tatuados estos luchadores de 'pacotilla' tras los asaltos.
En las afueras de La Casilla, mientras los pacientes espectadores aguardaban la apertura de las puertas bajo la lluvia, bailarines maduros gozaban de su 'txitxarrillo' dominguero. Yeray de la Hoz (9 años) llegaba de la mano de José Antonio, su padre. «Ellos no se pegan... hacen teatro. En el patio jugamos a 'pressing catch', pero sin pegarnos. Lo prohíben. Eso no se puede hacer ni en casa ni en la escuela», decía con la máscara de Rey Misterio en la mano. Los críos y las crías recitan de memoria los nombres de sus ídolos: El Enterrador, Gran Khali, el guaperas John Cena... A Bilbao vino un plantel de menor talla, de la franquicia NWE, pero los tipos duros le pusieron ganas en un clima de olla a presión. En las gradas se veían pancartas rotuladas con mimo en cartulinas escolares, así que el 'pressing catch' debería tener casi la consideración de trabajos manuales. Los críos mostraban sus cinturones dorados y aclamaban a sus ídolos.
El primero en saltar al cuadrilátero fue Orlando Jordan. Maleducado, malo y faltón. Sólo le faltó confundir Bilbao con Madrid para desencadenar las iras del público infantil. «¿Bilbao is no good!», tronó. Luego salió Kishi, obeso de 230 kilos con camisa hawaiana, que finiquitó a Jordan con un soberbio golpe de nalgas. Big Vito (con su traje de mujer) y un guerrero con falda skin fueron convenientemente zurrados por el imponente Booker T (famoso por sus golpes 'scissors' -tijeras- y por jalear al público para que salude al travestido contrario al poco edificante grito de «¿maricón!»).
Último Dragón (un menudo japonés), 619 (enmascarado en azul y oro), Sabu y un luchador enano se arrearon sus buenos zambombazos. Volaron, entrechocaron sus muslos, se dieron collejas y se zurraron la badana a modo entre el entusiasmo infantil. Ganó el malo, una especie de cruce entre simio y varón. Los niños se arremolinaban junto al cuadrilátero para sacarle la lengua. En primera fila, Jon Ares Rico (11 años) seguía con ojos como platos las peleas. Su padre compró las entradas por Internet en diciembre (75 E). Todo un regalo. Más tarde se zurraron dos chicas: la malvada Sarah Jones y la ubérrima Miss B, bautizaba así por la similitud de su delantera con la citada letra mayúscula. Aquello fue el acabóse. Y la pelea siguió y siguió. En junio, los luchadores volverán a Bilbao en un macrocombate patrocinado por EL CORREO.








