Ella logró el embarazo con la primera inseminación. El pequeño acaba de cumplir tres meses y en ese tiempo récord ha conseguido lo que ninguna terapia: burlar al virus del sida y mirar hacia el futuro. «Nos daba mucho miedo dar el paso, pero nuestro hijo ha sido sin duda el mejor regalo. Yo siempre decía que no iba a tener hijos, pero mira», confiesa Esther.
Después de cinco años de matrimonio y tres más de noviazgo, la pareja se mostraba reacia a traer a un hijo al mundo. El «terror» a contagiarlo de sida podía más que cualquier deseo. La diabetes de Esther tampoco ayudaba a salvar las inseguridades, que guardan bajo siete llaves.
Ni siquiera la familia de ella sabe de la enfermedad de Eduardo. «Mi marido me insistió mucho. Él ha pasado momentos muy duros. Tropezó en su juventud con las drogas, pasó por Proyecto Hombre y ahora está rehabilitado. La enfermedad le recuerda todos los días el enorme error de juventud que cometió. No es justo pagar tan caro por el resto de tu vida. Aún así, él ha tenido mucha suerte». Su hijo nació fuerte y sano.






