Mikel Martín nunca ha escondido la enfermedad, pero reconoce que, tras someterse a la cirugía facial, camina «con la cabeza más alta». Activista incansable y miembro de la asociación de gays y lesbianas Ehgam, se presta a contar su testimonio, aunque prefiere no mostrar su rostro. No quiere dar «explicaciones» a nadie, se excusa este «superviviente» del sida, contra el que lucha desde hace más de quince años.
La mejora estética en su cara es evidente. «Ha sido un subidón tremendo de autoestima. La lipodistrofia nos había obligado a modificar nuestra vida cotidiana. Es como si nos quedáramos siempre en tercera o cuarta fila, con miedo a ponernos delante, dando la cara», se sincera.
La intervención es muy sencilla y no entraña riesgo, asegura el cirujano plástico Alfredo Martínez Florez, responsable de la unidad en el hospital Donostia. «Se realiza con anestesia local. Lo que hacemos es inyectarles un gel, el aquamid, que es antialérgico y totalmente compatible, para rellenarles los pómulos que han perdido grasa. A las pocas horas se van a casa y hacen vida normal. Luego pasan revisiones rutinarias y si hace falta se les vuelve a intervenir». De momento, las infiltraciones se aplican en el rostro, la única parte del cuerpo que no se oculta tras las ropa, y sólo para aquellos enfermos que acreditan dos años de empadronamiento en el País Vasco.
«No es un capricho»
El «éxito» de las operaciones ha sido total, aunque su puesta en marcha no ha estado exenta de críticas. Hay, por ejemplo, quienes las consideran «un capricho estético» que la Sanidad pública no debería sufragar.
Martínez Flórez defiende firmemente la intervención como parte del tratamiento contra el sida. «No es un problema puramente estético. La lipodistrofia es como llevar un cartel en la frente, un estigma real que provoca rechazo social».
Desde 2006, han pasado unas 600 personas por los quirófanos vascos, más o menos «la bolsa histórica» de afectados.






