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Tiene escrito García Márquez que el secreto de una buena vejez consiste en establecer un pacto honrado con la soledad. Por supuesto, habla de Macondo. En Vizcaya todo es más prosaico y, para tener una vejez aceptable, los pactos hay que hacerlos con la Diputación. Una vez arreglados los papeles, cada cual ya se las ve como puede con la soledad y con lo que venga.

Además de por algunas razones biológicas, los humanos envejecemos porque no tenemos más remedio. Por ese mismo motivo, suele ser habitual que ingresemos antes o después en una residencia. Tras décadas de esfuerzo y cotización, los ancianos que disponen de ahorros pagan de su bolsillo un generoso porcentaje de la estancia. Cuando se quedan sin recursos, la Diputación se hace cargo de los gastos, pero exige el reconocimiento de una deuda que se contrae estableciendo como garantía el único bien patrimonial del que generalmente dispone el españolito medio: el piso en propiedad.

Los ancianos de hoy vivieron tiempos difíciles y desarrollaron una ética muy concreta del trabajo, la privación y el ahorro. Eran gente que no dejaba a deber ni el pan y desconfiaba de créditos y plazos: siempre pagaban al contado. Hay algo paradójico en que a muchos de ellos les vaya a tocar hacer el mutis considerablemente endeudados con la Administración.

Trece familias vizcaínas han comenzado a liquidar la deuda contraída por sus mayores, o sea, por sus difuntos. Lo han hecho por propia iniciativa, ya que la Diputación no ejecuta los mecanismos del reconocimiento de deuda. Es cuestión de tiempo. Lo harán en cuanto la nueva Ley de Servicios Sociales entre en vigor y queden claras las reglas del juego recaudatorio.

El copago es una idea polémica. Hay quien lo ve como un mal menor y quien cree que no sería necesario si se aumentase la presión fiscal, quien aboga porque la Administración no perjudique con él a las clases medias y quien ya planea fundirse todo su patrimonio al llegar a los 65, adoptando de pronto la vida loca de un potentado. Al final del pasillo, aguarda uno de los grandes debates de nuestra época: la viabilidad del Estado del bienestar.
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