
EL AUTOR
La novela parte de un hecho real que él mismo protagoniza como periodista y una investigación parada en seco. «Me di de bruces con la Iglesia, que no se ha movido nada en todo este tiempo y no renuncia a sus privilegios y poderes, al Estado confesional», refirió ayer el escritor. Según cuenta, lo que iba camino de ser un reportaje de investigación sobre la extraña historia de dos curas polacos llegados a la España franquista para agitar y organizar a los obreros desde la poco sospechosa casa de Dios, acabó convirtiéndose en una novela de más de 500 páginas en las que hay «imaginación, pero no invención». El plan existió a nivel europeo, comandado desde la URSS.
Stefan Berman, el cura polaco protagonista de la novela, aterriza en el Madrid de los años 60, en pleno franquismo, para jugarse la vida por unos ideales aquí acallados con guerra, cárcel y fusilamientos. «Me imaginé cómo sería la vida de ese chaval de veintipocos años, expatriado, con una misión peligrosa en una ciudad todavía de trincheras, con la escasez, el mucho frío, la intolerancia», describe Reverte.
El escritor insiste en el frío de su infancia, pues él era niño en aquellos años y recuerda los dedos insensibles, excepto por los sabañones, las camas heladas en las que era imposible meterse sin braserillo y, también, que no fue «infeliz porque los niños siempre se arreglan».
Junto al sacerdote polaco hay un obispo, Eijo Garay, real como la vida misma, «cruelísimo y con buen humor que puede resultar hasta tierno»; un comisario que retrata al «chuleta franquista de la época»; el camarero albino que vive en «el Madrid miserable de chabolismo y mente estrecho» y tantos otros que componen el fresco de la historia reciente del país. «Vivimos abrumados por la historia», dice el autor, quien considera que «sólo la literatura la hace digerible».
Explicarse la verdad
A él la ficción le hace falta para explicarse la verdad; con ese «juego de espejos» de realidades y mentiras da forma a una novela de intriga, política y amores que le lleva a una posguerra que vivió pero de la que no pretendía escribir hasta que se topó con el caso de los curas comunistas.
No sabe cómo sentará el libro a la Iglesia, pero afirma que «no lo escribí contra ella». Y eso que mientras el Ejército y la Policía, «que se han democratizado», le dejaron entrar en sus archivos para buscar datos de esta extraña historia, «la Iglesia me lo negó». «Con Tarancón se abrió un poco, pero se ha vuelto a cerrar sobre sí misma, quizá con cierta vergüenza. En sus archivos hay muchos nombres tachados y papeles destruidos», asegura. Será porque «la Iglesia era entonces como era, cómplice de la guerra y de los fusilamientos, aliada del franquismo, con sus jerarcas con el brazo en alto y llamando 'cruzada' a la Guerra Civil».






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