
Y aparentemente deseos de concebir. En tres ocasiones durante el mismo mitin, Chelsea reveló espontáneamente sus ansias maternales al hablar de educación, medio ambiente y un futuro mejor «para esos hijos que espero tener», dijo en una ocasión. «No quiero que mis pequeños jueguen con residuos tóxicos en el patio trasero», confesó más adelante. Y al hablar de los desayunos en la escuelas le volvieron a la cabeza los suyos «en los años ochenta», recordó de súbito. «Oh, Dios mío, eso me hace sentirme tan vieja». El sobresalto se lo llevó entonces la audiencia. La hija de los Clinton se olvidaba de que esa vez no tenía delante a los jóvenes universitarios que acostumbra a frecuentar, sino a gente madura de la comunidad asiática a la que hizo sentir de golpe en la Tercera Edad.
El destino de la saga
El bautizo político de Chelsea en esta campaña ha despertado el rumor de que la única hija de los Clinton pueda seguir el destino de la saga. Ha heredado la locuacidad de su padre y la memoria de su madre, se ha aprendido a fondo todos los temas de la agenda electoral, suelta con desenvoltura datos y cifras, y, sobre todo, pisa fuerte en el escenario. Todavía no ha terminado de sacudirse la timidez de adolescente ni ha aprendido a defenderse por sí misma. Son sus ayudantes los que aleccionan previamente a la prensa de que «no se permite que hagan ningún tipo de preguntas», repetían uno tras otro antes de que llegara.
Mamá Hillary ha levantado el ala de su hija forzada por la necesidad de combatir el tirón de Obama entre la juventud. Desde Carolina del Sur, a final de enero, Chelsea bate los campus universitarios acompañada de jóvenes actrices de televisión como America Ferrera ('Betty La Fea') y Amber Tamblyn ('Hospital general'). El viernes, después de que Obama encandilara a sus seguidores frente al Hall de la Independencia con la actuación del cantante de Black Eyed Peas, ella recorría los bares gay de la ciudad estrechando manos y animando a votar por su madre. «Esta noche hemos visto por lo menos a 1.500 personas, y todos demócratas», presumía el gobernador de Pensilvania, Ed Rendell, que la había sacado de ronda.
Chelsea le seguía, un poco desorientada, mientras entraba y salía de cuatro locales de ambiente, dejándose acariciar el pelo por los homosexuales, que para variar le preguntaban por la ropa que su madre llevará el día de su jura presidencial. «A lo mejor tenemos que traerla aquí para que la ayudéis a elegir», contestó ella con una carcajada. Y no era la única que reía: «¿Le he tocado el culo!», presumía después una joven lesbiana, que mostraba ufana una fotografía suya abrazada a la heredera de los Clinton.







