
Son superdelegados, pero no tienen capa y hace ya varias semanas que han dejado de ser secretos. Se trata de ex presidentes, gobernadores, congresistas y altos funcionarios demócratas, en activo o en la retaguardia, a los que se les supone una sabiduría política superior a la de la masa. Un mal principio para ganarse la simpatía del pueblo, que puede verse sobreseído durante la convención de agosto en Denver (Colorado), después de haber puesto toda la carne en el asador. Las llamadas de Bill Clinton les interrumpen las cenas de familia, los Kennedy les invitan a café en nombre de Obama y cada día reciben en su 'e-mail' 30 ó 40 mensajes de prominentes cargos que buscan su apoyo para uno de los candidatos. No hay políticos más cortejados en estos días que los superdelegados.
La última vez que tuvieron que dirimir un empate técnico fue en 1984, cuando coronaron a Walter Mondale, que le sacaba una ligera ventaja a Gary Hart. El ex vicepresidente de Jimmy Carter acabó perdiendo por goleada frente a Ronald Reagan, en la mayor derrota presidencial que haya sufrido un demócrata.
La vista en noviembre
Eso es lo que estarán mirando los superdelegados indecisos a la hora de comprometer su voto. ¿Quién de los dos candidatos está mejor cualificado para vencer a John McCain? Hillary Clinton sostiene que su trayectoria ha demostrado que es capaz de ganar los estados clave que decidirán las elecciones generales, como Ohio, Florida o, esperaba ella, Pensilvania, donde anoche la pugna era tan cerrada que los sondeos a pie de urna no se atrevían a dar un ganador. Al cierre de esta edición, con el 20% del escrutinio, Clinton sobrepasaba a Obama en 53-47 en la competición por los delegados.
Obama, por su parte, ha recibido el mayor número de votos en más estados y tenía, hasta anoche, 164 delegados más que su rival. Su argumento es que la élite del partido no debe anular lo que el pueblo ha votado. De hacerlo, esas masas de jóvenes y afroamericanos que han despertado a la política con la ilusión de su candidatura se quedarán en casa en noviembre. ¿Y qué hay de esa antipatía visceral que despierta Hillary Clinton en la mitad del país?
El dilema tiene en vilo a unos 300 superdelegados que, según la cuenta de la agencia Associated Press, no han anunciado aún a quién apoyarán. Howard Dean, presidente del Partido Demócrata, les presiona para que tomen una decisión antes de julio, para no arrastrar el duelo hasta la convención. Uno de cada diez cree que debe seguir la voluntad del estado al que representa. El mismo porcentaje dice que apoyará a quien saque más votos. Y otro 10% buscará esos motivos hetéreos sobre quién podrá vencer a McCain en noviembre -Obama, según las encuestas, a día de hoy-. El resto de los 117 entrevistados por AP citaron razones variopintas.
Ventaja de Clinton
Desde que Obama aguantara bien el Supermartes e iniciase esa carrera de once victorias consecutivas, ha logrado apuntarse el 84% de los superdelegados que han anunciado su preferencia. Con todo, Clinton le saca en este renglón una ventaja de 26 apoyos (258 a 232, según AP), ya que partió como favorita del aparato. Previsiblemente en los próximos días algunos de los seis indecisos de Pensilvania que hoy analizan minu- ciosamente el resultado de su estado anunciarán su decisión. Cinco son diputados y uno líder sindical.
Lo que las encuestas no recogen es el papel que juega el dinero. Según el Center for Responsive Politics, ambos candidatos han repartido entre los superdelegados que les han mostrado su apoyo casi 700.000 dólares -alrededor de 500.000 euros-, siempre camuflados en donaciones de campaña -dos tercios del Congreso tendrá que renovar su escaño en noviembre, así como un buen número de gobernadores, alcaldes y funcionarios varios-. Obama gana en este renglón porque de los dos es el candidato mejor financiado.
Ambas campañas argumentan que sólo apoyan a los demócratas para asegurar la mayoría legislativa, pero ninguno ha puesto un centavo en la campaña de un aliado del otro. Así que, al final, puede que no haya sido el pueblo ni la aristocracia del partido la que decida, sino el imbatible peso de los billetes verdes.







